Nº28

Fernando Barbarin

LOVE

 
Recuerdo la primera vez que me enamoré; yo tenía once años y ella treinta, yo moreno ella rubia, yo en Pamplona y ella en Hollywood.
Como cada domingo tras regresar del monte, Xalbador, amigo de mis padres y por ese entonces único vecino con vídeo, nos proyectaba una película en su casa. Ese domingo en concreto alquiló “Doctor Zhivago”, un film ambientado en la revolución rusa que me marcó para siempre. La protagonista: Judy Christie; una bella actriz de labios carnosos, labios que en mis sueños sabían a nieve, fresones, nostalgia y miel.
Esa noche me abandonó el sueño y al día siguiente lo hizo el apetito, cualquier rincón resultaba un buen lugar donde reposar la mirada, mi corazoncito autista mandaba. Creo que fue la noche siguiente cuando mi madre, alertada por mi comportamiento, se sentó junto a mi cama para interesarse por mi estado. Yo describía los síntomas con la misma inocencia que lo hacía ante el médico de familia, “siento aquí... como un...” No fue hasta que me despeinó con un repentino movimiento de manos, que su gesto serio se transformó en sonrisa.
Fer, bonito, a ti lo que te pasa... es que te has enamorado...
Era tal mi estado enfermizo, que únicamente reconocía y aceptaba la inmensidad oceánica como barrera insalvable en nuestra historia de amor. 
Durante semanas mi pecho se convirtió en un viejo sótano vacío y húmedo, podía sentir en sus paredes la condensación de cada lágrima. ¡Hubiera dado hasta mi scalextric por una sola caricia suya!
He cumplido cuarenta años y no la he olvidado.
No sé si fue amor, fantasía, locura, química o todo junto, probablemente todo sea la misma cosa; pero en estos años he aprendido algo sobre este fenómeno extraño.
Te puedes enamorar horas e incluso años, de quien te ama y odias, del que quieres y no soportas, del que existe y no conoces, de un macarra príncipe y azul, de una espalda desnuda, de una mujer de cien hombres, de un hombre que no es hombre, de ti o de nadie. 
Para ser plenamente feliz no es necesario emparejarse, enamorarse o amar, pero para dejar de serlo basta tan solo con hacerlo de la persona equivocada.
Demasiadas parejas están con quien pueden y no con quien quieren. La dependencia nutre a la cobardía y, en esos casos, el conformismo mata la ilusión dando paso a una especie de simbiosis parasitaria en forma de pareja, matrimonio o noviazgo. Las personas no aman, se emparejan. Yo no creo en las parejas pero sí en la pareja, no creo en la fidelidad pero sí en la lealtad, no creo en el amor pero sí en su probabilidad. 
Y un día se cumple la probabilidad y te encuentras con un corazón de once años chapoteando en un óceano para dos, con la ilusión por desempaquetar y compartir tu primer scalextric
En esta materia... no valen sucedáneos.