Delayed

Fernando Barbarin

Delayed... Poco puedo hacer salvo observar discretamente a una peculiar pareja. Mientras, pienso qué piensa...

¿Cuándo decidimos compartir tabaco, cama, y tinte?
Recuerdo cómo los besos de papa me transformaban en princesa cuando regresaba llorando del colegio. Por ese entonces yo envidiaba a casi todas las compañeras, sobre todo a Sophia, sus pompas hacían sonrojar al mismísimo director.
Mis dientes desordenados, el acné y un pecho tan desproporcionado como prematuro, me inundaron de inseguridades. Pero entonces apareciste tú, con los vaqueros ceñidos y los nudillos hinchados tras el último partido.
El vodka de los padres de Jennifer logró despegarme de todos mis complejos y fue esa noche, aprovechando su ausencia, cuando nos colamos en su dormitorio. Y allí, con la hebilla golpeando sobre la tarima descubrí el resto de tu cuerpo.
Tabaco, saliva, y cerveza consumieron nuestra juventud, pero cuando el negocio de las encimeras prosperó no tardamos en dejar el pequeño apartamento para comprar la casa con jardín. Recuerdo con la ilusión que colocabas esos simpáticos enanitos mientras yo decoraba el salón con retratos de nuestra boda.
Pasaron casi dos años, saliste sin cerrar la puerta de la consulta y no quisiste volver a hablar del tema, así que aquella habitación sin niños la convertiste en un “gimnasio” donde tan solo se almacenan cajas y recambios. Pero al poco tiempo apareciste en casa con “Tiffany”, perrita que nunca creció pero rellenaba de sobra el espacio frente al televisor. Me enternecía verte con el cariño que la abrigabas antes de sacarla a pasearla cuando llovía. Tan solo una vez te he visto llorar en mi vida... regresaste del veterinario con la mirada en el suelo y su collar en la mano.
Sin embargo, creo que la mayor crisis fue cuando la moto y los vaqueros dejaron de hacer juego con tus canas. Ese día me sorprendiste a mí a y todo el vecindario con tu nuevo look. Los años han ido pasando y apenas vemos a nuestros amigos, todo comenzó cuando las facturas de los proveedores se acumularon sobre la mesa. Fue mi hermana (a quien nunca se lo agradeciste) la que te consiguió el puesto en la conservera.
Ya todo cambió, cada vez bebías más y sonreías menos...
Hoy estamos en Lanzarote, la isla de la que el encargado del almacén te habló, —buen tiempo asegurado— dijo. El hotel, no estaba del todo mal, pero no contábamos con tanto viento. Quise visitar algún lugar diseñado por ese tal Manrique pero desde el primer día insististe en bajar a restaurante, —¡la cena está incluida y anuncian karaoke!—. Han sido estos últimos días cuando más contento te he visto, embadurnado de crema, insistiendo en la envidia que van a pasar tus compañeros del trabajo cuando te vean... Creo que el sol, la piscina climatizada y el precio de la cerveza te han animado. En fin, aquí nos encontramos, tras no hacerte entender con la chica del mostrador he tenido que cogerte del brazo para tranquilizarte.
Han pasado más de 40 años, toda una vida. Te miro y pienso...

...se le están viendo un poco las raíces, en cuanto lleguemos a casa y deshaga las maletas se lo arreglo, no quiero que vaya mañana así al trabajo.