Se fue

Luis Miguel Coloma

Como el día al atardecer. Como la noche a la mañana siguiente, se fue. Sin saber que cruzaba una línea, inició feliz su migración hacia un nuevo punto de partida. Pura transgresión. Todo atrás queda en tinieblas. Solo siente desplazamiento en una línea continua. Hay una consciencia de tránsito mientras el dolor se derrama por los lados. Un barrido fugaz de instantáneas, de miradas, presencias, besos, abrazos y paz, mucha paz.
En una playa remota, el alba apacigua la tormenta. Disuelta en la espuma de una ola llega plácida a la orilla y la arena sedienta la incorpora al inmenso espejo salado de la mañana. Era furia. Ahora es un milímetro cuadrado de reflejo del cielo y está a un roce de la yema de su dedo de un nuevo comienzo. El suyo la está esperando.
Un alma libre nunca repite envase. De pequeña fue sirena. De adolescente, águila. De adulta, un bello caballo salvaje. Su belleza desafió al tiempo. Su piel no se volvió madera expuesta al mar y al sol. Sus labios no se cubrieron de sal. Sus ojos no se apagaron. Solo se fue.
Mientras espera que se abra de nuevo su puerta, muchas otras olas llegan a la arena. Muchas noches oscuras se rinden al amanecer. Ella solo espera, transformada en la misma materia de las lágrimas. Solo descansa en la arena mientras forma parte del gran espejo de cada bajamar y del manto de estrellas de cada noche.
La luna se refleja en su ser y siente su llamada. Poco a poco, la atrae, como la marea. Envuelta en magia, su belleza pura, húmeda y ligeramente salina, asciende a los cielos y se sienta en su cuna a contemplar el horizonte.