Protestas contra el ICE: pacifismo feminista y “artivismo” en la calle

YOLANDA PERALTA

En numerosas ciudades de Estados Unidos, las recientes protestas contra el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas), originadas por sus prácticas de detención y deportación, han dado lugar a múltiples acciones de resistencia centradas en la presencia en la calle, la vigilancia comunitaria y la protesta no violenta. La idea que recorre estas movilizaciones es sencilla: la no violencia necesita formas para mantenerse y hacerse visible. Esa no violencia aparece aquí no como pasividad, sino como estrategia. Observar y registrar con vídeos y fotografías la actuación de los agentes federales, alertar con silbatos de su presencia y acompañar en el espacio público como forma de protección comunitaria y de defensa de derechos. Visto desde la cultura visual, todo ello tiene una dimensión performativa: el cuerpo como testigo, la cámara como extensión de la mirada pública y la protección comunitaria como una performance cívica.
En muchas de estas acciones, las mujeres tienen una presencia muy visible: organizan redes vecinales, están en la primera línea de las convocatorias y llevan la logística cotidiana de las protestas. No es casualidad que el feminismo se sienta cómodo en este tipo de prácticas: combinan la firmeza con los cuidados, la visibilidad con la comunidad y convierten acciones cotidianas como salir, mirar o acompañar en una estrategia de resistencia. Y este activismo pacifista en las protestas contra el ICE, a veces se apoya en lenguajes visuales y materiales portátiles y reproducibles que circulan entre las personas que se manifiestan: pañuelos, pancartas, telas impresas, banderas, cartelería e incluso silbatos. Este último elemento se ha convertido en una herramienta colectiva de alerta y solidaridad ante las redadas de los agentes federales y en un signo muy reconocible de la protesta pacífica. En ciudades como Minneapolis o Saint Paul, en el estado de Minnesota, esa dimensión performativa de la protesta está muy presente. En algunas marchas y concentraciones, la gente se reúne frente a hoteles donde se cree que se alojan agentes federales del ICE para cantar de forma no violenta, como táctica pacífica colectiva. La voz coral actúa aquí como presión pública, sin golpes, con insistencia, repetición y presencia. Colectivos y movimientos como Singing Resistance (Resistencia cantada) se organizan a través de un gesto estético: cantar juntas es coordinación, es mensaje y es cuidado colectivo.
Este cruce entre feminismo, pacifismo y acción callejera también nos lleva al pasado, hacia atrás en el tiempo. Desde finales del siglo XX, y vinculados al feminismo, se consolidaron movimientos pacifistas y antimilitaristas que usaron la creatividad colectiva como una herramienta política. En algunas de estas protestas, las prácticas textiles desempeñaron un papel fundamental, no como adorno sino como táctica: lo textil propicia un modo de estar juntas, de organizarse y de ocupar el espacio público. Un buen ejemplo es el campamento de Greenham Common en el Reino Unido. A comienzos de los años ochenta, un grupo de mujeres acampó alrededor de la base aérea militar de Greenham Common, al sur de Inglaterra, y tejió redes de lana que ataron a las alambradas. En esas redes colgaron fotografías y mensajes en los que expresaban ideas y sentimientos en el marco de la protesta antinuclear. El campamento tomó el nombre de Women’s Peace Camp (Campamento de mujeres por la paz). Si lo pensamos como una intervención en el espacio público, esa acción fue algo más que una concentración: la alambrada, como símbolo de límite y de amenaza, se convirtió en soporte y el perímetro militar fue transformado en una instalación hecha de nudos, telas, imágenes y palabras. En 1985, en Estados Unidos, tuvo lugar otra acción pacifista vinculada al artivismo colectivo. El denominado The Pentagon Peace Ribbon (La cinta de la paz del Pentágono) consistió en rodear este edificio con una tira de tela de más de 16 kilómetros de longitud hecha a base de bordados y estandartes unidos y cosidos, confeccionada por personas de diferentes lugares del país. La tela colectiva recorrió el entorno del Pentágono y se extendió por Washington D.C. Al desplegarse, creó un monumento efímero contra el militarismo. También aquí la dimensión artística está unida a la dimensión política: la obra artística es una acción pública, colaborativa y masiva. Es arte participativo y es una protesta que dibuja un perímetro de paz alrededor del Pentágono, símbolo del poder militar de Estados Unidos.
En Greenham Common y en el Pentagon Peace Ribbon, el pacifismo feminista protesta, pero también produce formas y esas formas son importantes. En un mundo donde la violencia institucional se presenta como algo inevitable, el activismo en pancartas, banderas, telas, bordados o cantos colectivos abre otro camino: el de la presencia no violenta, el de los cuidados como fuerza pública y el de la insistencia como política. En las protestas contra el ICE reconocemos elementos comunes. En las marchas y concentraciones se usan recursos fáciles de llevar y reproducir, como telas impresas, pañuelos, banderas y carteles cosidos o serigrafiados. La comunidad funciona como infraestructura para la protesta y la no violencia se ejerce a través de la presencia en las calles, portando silbatos, telas, pancartas o banderas que no agreden pero sí interrumpen y alertan, haciendo visible lo intolerable sin adoptar la violencia como lenguaje. En este sentido, el feminismo pacifista en las protestas contra el ICE se vincula a prácticas que sostienen la vida de la comunidad en un ambiente de presión, marcado por las redadas, el miedo y la tensión, y convierten el espacio público en un escenario de cuidados, pero también de disputa.

 

TEXTO: YOLANDA PERALTA puntadassubversivas.wordpress.com

ILUSTRACIÓN: FERNANDO BARBARIN