Mar interior
En el mar que hay en mi interior soy náufrago. Habito una isla imaginaria en la que apenas cabe mi soledad. Esta, a veces rebosa y se adentra en el somero mar circundante. En mi mar interior reina un silencio casi sólido. Solo el contoneo juguetón de las olitas al llegar a la arena marca el paso del tiempo.
Una tempestad me arrojó a la playa. Sobreviví, creo. Varios meses me llevó reconstruirme. Recorrí la costa y encontré restos de anteriores naufragios en los que ya no me reconozco. Y la marea fue trayendo… un mapa del agua, un abrazo en una botella, huellas en la arena, una brújula que siempre marca el sur.
Mi mar interior tiene dos orillas. Una la dibuja la isla a su alrededor. La otra es mi propio ser. Un contorno etéreo, difuso. Una cornisa vertiginosa que gana terreno cada vez que muero. Que se contiene y retrocede cuando nazco otra vez. Que me devora cada luna llena y me abraza con la bajamar.
En mi mar interior hay tormentas. Sacuden con violencia. La isla se diluye en la niebla. Sombras gigantes cabalgan en el viento. Culpas, dolor y sueños turbios se agitan en mi interior como olas enormes y otra vez aparezco por la mañana tirado en la arena, agotado.
A veces puedo distinguir en el reflejo de la luna la silueta trémula de un barco fantasma que siempre se aleja hacia barlovento. En las noches oscuras la salinidad vuelve pesado el aire y el insomnio se apodera de mí. Salgo a caminar. Me abandono. Escribo en la arena mis pensamientos para que el viento los disperse o los borre.
En mi mar interior el día y la noche son erráticos. El tiempo se curva y el sol sale por donde le apetece. Si no fuera por este bendito caos, la vida sería insoportable.
Obra de Carlos Parra
