DELIRIO DE SIRENA

XABIER SANCHO

 

 

El otro día me apareció una atrapada entre las redes de pesca.

Pese a que ya nadie las escucha, todavía sonreía.

Sonreía también cuando trataba de justificar su captura en mis malas artes y en la desorientación producida por el sonar de mi embarcación.

A pesar de sus teorías trasnochadas y de intuir el inminente colapso, ella, todavía sonreía.

 

Qué lástima que los supervillanos nunca descansemos.

Una pena que la búsqueda de la redención nos tenga tan atareados; que estemos dispuestos, como es el caso, a anteponer el fin a los medios.

Salvar a la humanidad para salvarse a uno mismo se convierte en una prioridad cuando vas llegando a una cierta edad.

Seguro que algún superhéroe iluminado de la Marvel o de DC dirá que la ecuación es a la inversa y que debería salvarme yo primero.

No les hagáis caso.

Si con esta ópera póstuma decido bajarme de la cresta de la ola de putadas, será por decisión propia, no por lo que puedan decirme estos detritos neoliberales hijos de la gran New Age. Que, por otra parte, también os lo digo. Me seguirán teniendo en frente.

 

Pero a lo que iba....

Que esa criatura que con su alianza de coral golpea el cristal de mi tanque de ideas, está tratando de comunicarse conmigo. Y en este estado de cosas, es una ventaja conocer su idioma.

Sí. Ese dialecto del fondo marino repleto de conceptos tan elásticos, que tuvo que ser un siroco quien los enseñara a conjugar.

Aunque muchos de ellos ya han sido abandonados por ella, por la incapacidad de contener su cacao, a desalambrar, la comunicación es más o menos fluida.

Le hablo del silencio como bien comunal, del capitalismo como una enfermedad cultural, y le expongo de la manera más honesta los entresijos de mi plan.

Como todo le parece "genial", que traducido a idioma emergido significa verosímil, damos por iniciado el ritual.

Elevo la temperatura del tanque de ideas hasta convertir la solución acuosa en una masa gelatinosa y viscosa que reproduzca lo más fielmente su ecosistema mental. Azufre, mercurio y sal.

¡Tachán! ¡Ya tenemos cenagal!

Como su centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna, su confort está asegurado. Se encuentra realmente cómoda y yo también lo estoy.

Como en un sueño febril inducido por la ingesta de una sopa de marisco pasado.

A mí ya solo me toca incidir en sus contradicciones, pulsar el REC y escuchar su canto.

 ¡Nuestra nueva atalaya desde donde presentar batalla!

 

Fin de era en mi reloj de arena.

Ahora les tocará la de cal…

 

Lo reproduciré en el metro de Tokyo.