Nº 41

Fernando Barbarin

General Efraín Ríos Montt.
Este golpista encabezó una sangrienta dictadura en Guatemala entre los años 1982 y 1983.
Cursó estudios en la academia estadounidense “Escuela de Las Américas”. En ese centro militar se formó a los más despiadados dictadores latinoamericanos que, con el pretexto de combatir el “comunismo”, sembraron el horror entre educadores, sindicalistas, líderes estudiantiles, campesinos y entre todo aquel que luchara por defender los más elementales derechos.

Bajo la dictadura de este sanguinario, se perpetraron las mayores masacres en ese pequeño país centroamericano. Comunidades indígenas como “Las dos Erres” fueron literalmente borradas del mapa. Me cuentan cómo las tropas de élite del ejército “kaibiles” violaban y asesinaban a niñas en presencia de sus padres. Durante décadas, mujeres y hombres fueron sistemáticamente torturados y asesinados bajo la acusación de pertenecer o colaborar con los “insurgentes”.

Resulta imposible concebir tanto horror, cuando te narran cómo algunos militares, arrancaban el bebé del vientre de las embarazadas para lanzarlos al aire y atravesarlos con sus bayonetas.

Era la política siniestra de “tierra arrasada”. Un genocidio que obligó a más de 40.000 indígenas a buscar refugio en Méjico.

Han pasado veinte años desde que volví de aquellos campamentos. Atrás quedaron personas e historias que no olvidaré jamás, y jamás me abandonará el remordimiento por no haber regresado. Dejé familias y amigos que sufrían en silencio el desarraigo mientras en el país de refugio, eran señalados y estigmatizados por cruzar desnudos la frontera.

Con el paso de los años sus sueños se hicieron humildes, ocultaban las heridas bajo un dolor invisible, esperanzados en poder regresar algún día a sus tierras.

Un refugiado es una cuna vacía, una foto rasgada, unos restos vivos, el olor a ropa quemada. Un zapato con barro, una mirada sin padres, el silencio pactado, las noches sin sueños y las noches sin día. El llanto desgarrado y mudo, la pesadilla eterna. Son millones de nombres... mis queridas Dilia y Eva.

Hoy mis ojos cobardes son ya incapaces de mirar cómo mujeres, hombres y niños son gaseados mientras tratan de cruzar una frontera. La expresión de terror en el rostro de una niña arrastrándose por el suelo me bloquea. Mientras, la imagen de uniformados cargando contra familias me enloquece. Nada justifica ordenar o acatar esa orden. Ni en un despacho enmoquetado, ni en el interior de un furgón policial. El dedo y la pluma aprietan el mismo gatillo. Todos ellos representan la escoria humana, la inmundicia, la cloaca intelectual de los hombres.

Sé que la razón tiene que ser sensible al amor y no al rencor. Pienso que la ira es incompatible con la inteligencia, la inteligencia con la venganza y la venganza con el perdón. Pero el odio que habita entre mis tripas no lo entiende. Mi justicia para todos y cada uno de los responsables políticos y policiales no sería menos despiadada que su injusticia.
Europa demuestra su verdadero corazón de cartón piedra, mientras, sus codiciosas manos continúan vendiendo armamento a los países implicados en este conflicto.

El lucrativo negocio de la guerra genera demasiadas facturas. Espero que llegue el día en que sean ellos quienes las paguen.