Un alga sin invitación
Imagina que te sumerges en las aguas de la costa este de Gran Canaria en un día tranquilo, cuando el mar está en calma y la luz del sol atraviesa la superficie como si quisiera iluminar cada rincón del fondo. Esperas encontrar lo que siempre ha caracterizado a estas aguas: peces de colores brillantes moviéndose entre las rocas, algas de distintas formas balanceándose con la corriente y una sensación general de vida y equilibrio. Durante generaciones, este paisaje submarino ha sido un reflejo de la riqueza natural de la isla, un mundo silencioso pero lleno de matices, donde cada grieta y cada piedra albergan pequeñas historias. Sin embargo, en muchos lugares esa imagen está cambiando. Allí donde antes había variedad y movimiento, ahora aparece algo distinto. Una alfombra densa, marrón y uniforme cubre las rocas, como si alguien hubiese simplificado el paisaje hasta dejarlo en una sola tonalidad. Esa alfombra tiene nombre: Rugulopteryx okamurae, un alga invasora llegada desde el Pacífico que está transformando poco a poco el fondo marino de nuestras costas.
Esta especie no forma parte de la historia natural de Canarias. No evolucionó aquí ni llegó de manera gradual como otras que, con el paso de miles de años, encontraron su lugar dentro del equilibrio marino. Su presencia es reciente y su expansión ha sido rápida. En pocos años ha pasado de ser una curiosidad localizada a convertirse en protagonista de amplias zonas del litoral. Lugares como San Cristóbal, Tufia u Ojos de Garza muestran ya superficies donde esta alga domina casi por completo el fondo rocoso. Donde antes convivían muchas especies, ahora se impone una sola, ocupando espacio y desplazando a otras formas de vida.
A primera vista podría parecer que no hay motivo para alarmarse. Las algas forman parte esencial del mar y cumplen funciones importantes. Producen oxígeno, sirven de refugio y sostienen cadenas alimentarias. El problema no es la presencia de algas, sino el dominio excesivo de una sola especie que altera el equilibrio. Rugulopteryx okamurae posee varias ventajas que explican su éxito. Puede fragmentarse con facilidad, y cada fragmento tiene capacidad para crecer en otro lugar si encuentra condiciones adecuadas. Las corrientes marinas actúan como aliadas involuntarias, transportando pequeños trozos que se fijan en nuevas zonas y continúan expandiéndose.
Además, esta alga es resistente y soporta cambios que otras especies no toleran tan bien. Muchos peces herbívoros no la consumen, lo que reduce la presión natural que ayudaría a mantenerla bajo control. Así, su expansión encuentra pocos obstáculos. El resultado es una cobertura cada vez más extensa y uniforme que reduce el espacio disponible para otras algas y organismos. El proceso no es repentino, sino progresivo. Al principio puede pasar desapercibido, pero con el tiempo el paisaje cambia de forma evidente.
Uno de los efectos más claros se observa en los peces. Cada especie necesita un entorno determinado para alimentarse, refugiarse o reproducirse. Cuando el fondo se vuelve homogéneo, desaparecen muchos de los pequeños refugios y estructuras que antes ofrecían variedad. En estas zonas dominadas por la nueva alga, la diversidad de peces tiende a disminuir y predominan especies más generalistas, capaces de adaptarse a distintos ambientes. Peces como la vieja, la fula o el pez verde siguen presentes, pero la comunidad pierde parte de su riqueza y complejidad.
Este proceso de simplificación recibe el nombre de homogeneización ecológica, aunque la idea es sencilla: distintos lugares que antes eran diferentes empiezan a parecerse demasiado. Se pierden rasgos propios y el ecosistema se vuelve más uniforme. Cuando disminuye la variedad, también se reduce la capacidad del sistema para responder a cambios futuros. Un entorno diverso suele ser más estable y resistente, mientras que uno simplificado es más vulnerable.
Lo más inquietante es que estos cambios ocurren bajo la superficie, lejos de la mirada cotidiana. Desde la costa, el mar parece el mismo de siempre. Sin embargo, bajo el agua el paisaje evoluciona hacia una menor diversidad. Gran Canaria no es el único lugar donde sucede. La presencia de esta alga se ha registrado también en otras islas del archipiélago y en regiones cercanas, lo que demuestra que se trata de un fenómeno amplio.
Comprender lo que está ocurriendo es fundamental. La observación constante y el trabajo en el agua permiten detectar estos cambios y analizarlos con detalle. No se trata solo de una cuestión científica, sino también social. El mar influye en la pesca, en el turismo y en la identidad cultural de las islas. Lo que sucede en el fondo marino forma parte de un sistema del que dependemos.
La historia de esta alga es un ejemplo de cómo los ecosistemas pueden transformarse sin hacer ruido. Nos recuerda la importancia de observar, de conocer y de valorar la diversidad que a menudo damos por sentada. El mar sigue vivo, pero está cambiando. Y comprender esos cambios es el primer paso para decidir cómo queremos relacionarnos con él en el futuro.
Xavier Bachot & Rodrigo Riera
BioCoN (Biodiversity and Conservation), IU-ECOAQUA,
Universidad de Las Palmas de Gran Canaria
