TIEMPO

CARLOS CANTÓN /ZEBENSUÍ RODRÍGUEZ

Arrecife aprendió desde temprano a desplegar sus velas y a tender puentes hacia un mundo en el que el mar no solo traía riquezas, sino también peligros. Y es que su puerto, esculpido por la propia naturaleza, no solo acaparó pronto el título de mejor refugio en Canarias, sino que también fue el escenario de los más crueles ataques de piratas y corsarios que arribaban a sus costas con afán de rapiña y venganza.

El primer resguardo
En ese pulso, entre el deseo de abrirse y la urgencia de protegerse, forjó el viejo Puerto su destino entre el comercio y la defensa. Así, ya en la segunda mitad del siglo XV, Arrecife vio cómo se levantaban a sus pies, sobre el islote que más cercano estaba de su orilla, una pequeña torre defensiva y una escuálida rampa con la que facilitar el acceso de las embarcaciones.

La segunda torre y el primer puente
Sin embargo, estas infraestructuras, aunque útiles, resultaron claramente insuficientes. Por ello, en 1572, Agustín de Herrera mandó construir una nueva torre defensiva, esta vez más apartada de la orilla, sobre el —aún hoy— conocido como “islote de afuera”. De planta mora y cuerpo cuadrado, esta nueva estructura se irguió amenazante frente a la costa, a la que permaneció unida por un camino o vía de dos tramos. El primero unió la orilla con el pequeño islote donde hasta hacía poco se levantaba la antigua torre; y el segundo, por su parte, enlazó este montón rocoso con el islote en el que señoreaba la nueva defensa. Entre ambos, un ojo permitía el paso de un lado a otro, mientras un puente levadizo, fiel a la lección aprendida, abría o cerraba el paso según dictaran los vientos de la fortuna o la amenaza.
Pero tampoco fue suficiente. En 1586, el corsario Morato Arráez descargó su furia sobre Arrecife y prendió fuego a la fortaleza. Desde entonces, el islote sobre el que se alzaba comenzó a ser apodado como El Quemado, un claro testimonio de la devastación sufrida. Así, ante la vulnerabilidad de sus lindes, no hubo más opción que trazar nuevos planes de restauración y fortificación…

De torre a castillo
Fue el ingeniero Leonardo Torriani, enviado a Canarias por orden de Felipe II, quien primero advirtió que aquella infraestructura debía convertirse en un verdadero castillo. No obstante, su propuesta no encontró eco inmediato. El señor de la isla, más preocupado por la seguridad de la capital (Teguise), decidió dar prioridad a la reconstrucción del castillo de Guanapay y, por ende, relegó la fortaleza de Arrecife a un segundo plano.
No fue hasta 1666, casi ochenta años después del informe del cremonés, cuando finalmente se acometió la transformación del bastión. La obra, llevada a cabo bajo el mandato del capitán general Gabriel Lasso de la Vega, dio como resultado una fortaleza más robusta, tanto que aún hoy resiste en pie bajo el nombre de Castillo de San Gabriel.

Un nuevo lazo: el Puente de las Bolas
Con todo, aún quedaba una herida abierta en el paisaje marino de Arrecife: la frágil conexión entre el castillo y la ciudad. A pesar de ello, la miseria que durante siglos había azotado la isla —y que las posteriores erupciones volcánicas no hicieron más que agudizar— fue postergando la ejecución de nuevas obras, hasta que, en el último cuarto del siglo XVIII, Carlos III decidió poner fin a la espera e impulsar la transformación definitiva del viejo puente.
Al fin, en 1778, el litoral de Arrecife amaneció con una nueva estampa: un puente firme y esbelto que tendía sus brazos de piedra sobre el agua para unir a la ciudad con su fortaleza. Su estructura, más amplia y robusta que la anterior, descansaba sobre dos ojos abiertos al mar a los que se sumaba el vano del puente levadizo, siempre dispuesto a alzarse o descender. Y en su centro, como llamados a convertirse en testigos impasibles del tiempo, dos pilares se alzaron con la solemnidad de avezados centinelas. Sobre ellos, redondas y pétreas, dos esferas quedaron para siempre suspendidas en el aire, dando al puente su nombre y su sello inconfundible: el Puente de las Bolas.

El puente que desafía al tiempo
Y ahí sigue, resistiendo, tal vez lamentándose de su descuidada vejez y puede que añorando la pérdida de unas gárgolas que en su día le sirvieron para evacuar el agua de la lluvia y que nadie le ha repuesto. Posiblemente se sienta asustado por la sombra de unos altos edificios que hace tiempo desplazaron a unas casas nobles con las que sí se conjugaba en el paisaje. Puede que se lamente de saberse mirado como un algo exótico, reducido a una simple postal y a reclamo turístico, como si su origen hubiese estado en la voluntad de decorar el paisaje y no en la necesidad de forjar la historia. Seguro que le complace saberse trampolín del familiaje que se divierte con él y que lo desafía subiendo hasta sus bolas para lanzarse, igual que disfruta aquel abuelo que deja a su nieto treparle por la espalda y apretuñarle la cara; pero, quizás, en el fondo, se lamente de no poder susurrar al menos que sin él Arrecife jamás habría sido. Porque Arrecife primero fue puerto, y después ciudad. Mucha historia para tan poca memoria.

 

TEXTO: ZEBENSUí RODRíGUEZ @carloscantonfotografia
FOTO: Carlos Cantón @carloscantonfotografia