INESPERADO
De entre los sobres que sacó la señora Werner del buzón aquel jueves por la tarde, uno con ribete negro llamó inmediatamente su atención. “¿Quién se habrá muerto?”, se preguntaba mientras lo abría. Con el ceño fruncido, leyó la tarjeta que estaba en el interior, también con ribete negro. La leyó una segunda vez, musitando lo que leía y con el corazón latiéndole en las sienes:
“Queridísima Helga: Lamento la muerte de tu Helmut como si fuera de mi familia. No puedo imaginarme…”
La señora Werner buscó a tientas el taburete de descalzarse en la entrada y torpemente se sentó. Anonadada, con la boca entreabierta y el pulso martilleándole en la cabeza, pasó la mirada varias veces de la tarjeta al señor Werner, y del señor Werner a la tarjeta. Él, ajeno, masticaba con desgana un trozo de tostada, bebiendo de vez en cuando cortos sorbitos de café de filtro. Con las gafas sobre la nariz aguileña, leía el periódico en la mesa de la cocina. La señora Werner lo escrutó: su marido no tenía muy buena pinta. La piel amarilla y apergaminada se le arrugaba y se estiraba en la mandíbula mientras masticaba. El poco pelo que le quedaba estaba repartido en mechones translúcidos, desordenados y demasiado largos por toda la cabeza, que asomaba pardusca y cubierta de manchas como el huevo de algún ave salvaje gigante. Las comisuras de sus labios se habían rendido y caían, fláccidas, perfilando las mejillas como dos bolsitas de té tristes y resecas.
“Esta Müller… Vieja chocha…” pensó entre sí, acercándose con prisa al teléfono y hojeando nerviosamente la agenda hasta llegar a la “i”. Marcó un número rápidamente mientras Helmut seguía masticando el mismo trozo de tostada.
—Müller —le contestó una voz carrasposa al otro lado de la línea.
—¿Ingeborg? Soy Helga —habló la señora Werner, más seria de lo que quería.
—¡Helga! ¡Mi querida Helga! ¿Cómo estás? No puedes imaginar cuánto siento… —siguió la voz carrasposa, repentinamente más dulce.
—Ingeborg, te lo agradezco, pero, escucha —le interrumpió la señora Werner—: Helmut no se ha muerto. Está aquí, comiendo una tostada —dijo lentamente, como creyéndose solo entonces que de verdad estuviera vivo—. Ha debido ser un… una confusión… —titubeó. Durante dos segundos no hubo respuesta al otro lado de la línea.
—¿Un error? ¿¡Un error!? —la voz carrasposa subía de tono— No, no puede ser… Frank me llamó anteayer y me dijo que su padre había muerto.
—¿Frank? —gritó la señora Werner al teléfono, y el señor Werner giró pausadamente su cabeza de tortuga hacia su esposa— ¿Mi Frank? Eso es imposible, querida —sentenció, rotunda.
—Te juro que era Frank, Helga… o un hombre que decía ser él, con la misma voz… La señora Werner intentó calcular la diferencia horaria con Melbourne, donde su hijo Frank residía desde hacía una década. No lo consiguió. Concluyó que, en cualquier caso, Frank no podía haber sido.
—Escucha, Ingeborg, ha debido ser algún bromista de mal gusto.
—Oh… —musitó la voz, tenue y entrecortada— Sí, habrá sido eso. Lo siento muchísimo, Helga. Perdona el disgusto, querida. Me alegro de que estéis los dos bien.
—Gracias, Ingeborg —contestó la señora Werner secamente. Acto seguido, suavizándose, continuó—. Ven a tomar café y tarta un día de éstos, ¿quieres? Y, sin esperar respuesta, colgó. Sigilosamente se sentó enfrente del señor Werner con una sensación de angustia. Era verdad que había noches en las cuales, en plena apnea, el señor Werner parecía una momia, boquiabierto, amojamado, con los dedos nudosos de uñas enturbiadas encima de la sábana. Viéndolo, la señora Werner había creído algunas veces que la muerte le había sobrevenido en sueños. De repente se imaginó viuda, tomando llorosa café y tarta con Ingeborg, y esa imagen le hizo saltar de la silla, presa de una angustia que contenía en su núcleo un incómodo atisbo de alivio. Incomprendiéndose a sí misma, entró en la cocina y se puso a fregar enérgica y ruidosamente los dos platos que había sucios. El timbre del teléfono la arrancó bruscamente de sus pensamientos. Secándose la mano en el delantal, todavía con el guante, descolgó.
—Werner —dijo, con voz temblorosa.
—¡Helga! ¡Querida! ¿Cómo es posible? ¡Me cuesta tanto creérmelo…! —comenzó una voz llorosa. La señora Werner lo vio todo borroso por un instante.
—¡Si anteayer mismo lo vi en el kiosco, comprando su tabaco…!
—¡María! —interrumpió de un grito la señora Werner. El señor Werner frunció el ceño sin levantar la vista del periódico— ¡Helmut no se ha muerto! ¡Está aquí conmigo! ¡Es todo una broma de mal gusto!
—¡Ah! —suspiró, aliviada, la voz al otro lado de la línea— ¡Qué alegría me das! Qué disgusto que tenía, con lo buen hombre que es… Pero —continuó, dudando— espera, si me llamó Frank ayer y me dijo que…
—¡No era Frank! —volvió a interrumpir la señora Werner con un grito aún más agudo, y sin esperar respuesta, colgó violentamente. Arrancándose los guantes de fregar y el delantal, la señora Werner salió de la cocina a grandes zancadas, mientras le decía a su marido:
—Me meto en la cama. No me encuentro bien. Intentó leer para distraerse, pero no funcionó. La cabeza le daba vueltas y oía un intenso pitido agudo dentro de su cabeza. Con las manos temblándole, sacó dos pastillas de un botecito blanco dentro del armario del baño y, mientras las tragaba, se miró brevemente en el espejo. Tampoco ella tenía buena cara. Se acurrucó entre las sábanas y poco después cayó profundamente dormida, antes de que el señor Werner se acostara. La luz de la mañana siguiente la despertó colándose entre las cortinas. Tranquila y descansada, se disponía a salir de la cama cuando el recuerdo de lo ocurrido en las últimas horas la golpeó como un mazazo. La señora Werner sintió que el corazón le bajaba hasta el estómago. Volviéndose lentamente hacia el otro lado de la cama, observó a su marido, inmóvil, los dedos nudosos de uñas blanquecinas agarrando el borde del edredón. Despeinado, con la boca entreabierta y la piel tersada por la postura, parecía hecho de cera. La señora Werner lo miró durante un buen rato, inmóvil como él, conteniendo la respiración, esperando no sabía muy bien qué. Cuando el teléfono empezó a sonar, la señora Werner estaba saliendo de su habitación, atándose el cinturón de la bata floreada.
—Werner.
—¡Helga! Soy Gudrun. Me he enterado de tu pérdida, me lo ha dicho esta mañana la señora Schmidt en el mercado… —habló una voz aguda y acelerada. La señora Werner oyó que su voz subía por su garganta ya rota en un sollozo:
—¡Ha sido tan inesperado, Gudrun…