Los guantes al sol
Al girar la llave del portal le sobresaltó la chillona voz de la vecina.
—María, mujer –le dijo con entusiasmo alargando exageradamente la primera a y la i—¡Dichosos los ojos! ¡Vaya! Si vas cargada… ¿Hoy no has mandado a tu marido al mercado? ¿No estará enfermo?
—Mmm —titubeó María— no, no. Hoy he querido ir yo. El médico me ha recomendado caminar, y como casi no salgo…
—Muy bien, ¡que te tiene que dar el aire! Ja, ja, ja —vociferó la vecina.
Con las risotadas, la verruga peluda que habitaba entre la aleta izquierda de su nariz y la línea fronteriza del carrillo, se movió a merced de las carcajadas sonoras de aquella abundante mujer.
—¡Cuántas carnes, y qué tiernas! —pensó María recorriéndolas despacio (aunque con disimulo), con sus grandes ojos.
—Bueno —y la vecina alargó la e mientras se contoneaba hacia los lados con los brazos en jarras— Ja, ja, ja. Igual empiezas también a ir a tomar café, como el Perico, ¿no? Ja, ja, ja, después del mercado es obligado. De vez en cuando sienta bien cambiar de costumbres, ja, ja, ja.
María giró la llave, ansiosa por darle con la puerta en las narices a la pesadez de la Manolita, a su risa burda, a su verruga saltarina, a su mirada acechante y perseguidora de los movimientos del vecindario.
—Adiós —gritó al mismo tiempo que sonaba el portazo.
—Ja, ja, ja —la risa jocosa se alejó calle abajo mezclándose con el sonido de los pasos de María que subían al primer piso.
La casa estaba extrañamente silenciosa. Ni radio, ni televisor, ni los gruñidos que su marido porfiaba mientras ensamblaba las piezas de sus miniaturas: la última había sido el barco de la expedición de Magallanes.
¿Se acostumbraría a este silencio? Ahora no quería pensar en ello, era el momento de acabar lo empezado. Fue a la cocina y cogió la tabla de cortar.
Le horrorizaba la idea de ver sus manos teñidas de rojo. La sola evocación de esa imagen conseguía estremecer los más secretos rincones de sus entrañas. Pero estaba decidida.
Buscó sus guantes. Se los colocó con cuidado. Le gustaba usarlos bien ajustados, para que la goma que aislaba sensaciones no deseadas le permitiera percibir algo de las texturas, las durezas, las carnosidades. El cuchillo esperaba silencioso en su lugar, afilado.
Comenzó a cortar con sumo cuidado, evitando llegar al hueso. Le aterraba la idea de sentirlo bajo el filo del cortante. La sola imaginación de encontrarlo como un freno chirriante conseguía erizar los poros más ocultos de su piel. Pero ya había empezado. Lo había planeado y este era el momento. Así acababan treinta y siete años de sonidos y silencios.
Siguió cortando, pedazo a pedazo, observando cómo se abría la carne, viendo cómo sus guantes amarillos iban pintándose de rojo. ¿Era rojo inglés o rojo bermellón?
Cuando todos los fragmentos estuvieron cortados a su gusto, los rodeó con hielo y los metió en la nevera. Después, lavó cuidadosamente sus guantes y los tendió al sol.
La casa continuaba callada. Ni carraspeos, ni toses, ni ronquidos de media tarde. Bajó las persianas y pasó el día en penumbra, masticando el silencio.
Al caer la tarde se levantó con calma del sillón desde el que observaba la calle junto a la ventana. Al dar el primer paso sonó la primera: las campanas de la catedral anunciaban las ocho. A esta hora él, su Perico, solía bajar a tomar el chato de la tarde. Con la última campanada abrió la nevera. Ahí estaba. El hielo se había teñido de rojo oscuro. ¿Sería rojo tiziano?
Volvió al sillón con la fuente y la colocó sobre sus rodillas. Cucharada a cucharada saboreó la anhelada mezcla de picotas carnosas y trocitos de hielo. Mientras se entregaba con ansia a la dureza de los unos (que masticaba con ganas) y la tersura de las otras (que deshacía y esparcía por su boca), sus oídos se llenaron de crujidos, chasquidos, suspiros, y onomatopeyas de gusto y regusto. Siempre había querido comer picotas con hielo, y cada año, cuando llegaba la época, se las imaginaba insistentemente. Pero a él no le gustaban, y nunca las traía del mercado.
Disfrutando de su esperado capricho, se olvidó otra vez de avisar a un médico, o a la funeraria. Cuando acabó su banquete, la casa quedó de nuevo en silencio, tan muda como la muerte, tan misteriosa como todo comienzo.
Cristina Temprano www.cristinatemprano.com
