Lección de amor

FRANCIS PÉREZ / MARIO M. RELAÑO

Iván era de aquellos de acudir al mar casi a diario. Afortunadamente, el lugar donde vivía y su recién estrenado trabajo se lo hacían fácil. Se vestía con su neopreno color azul oscuro y, cargado en ocasiones con su botella de oxígeno y otras con una bombona para más profundidad, se sumergía en el océano como si de un pez se tratara. Siempre decía que tenía más amigos dentro del mar que en tierra. La mayoría de las personas de su entorno le ignoraban; los pocos que no lo hacían pensaban que era una persona tan solitaria que era incapaz de hacer amigos.
Tenía un pequeño bote de remos y sin cubierta, heredado de su abuelo —pescador de oficio—, con el cual hacía desplazamientos en distancias cortas, pero lo suficientemente largas como para alejarse de la costa y explorar, en sus inmersiones, un mundo marino que le fascinaba.
En aquella primavera, un par de meses antes de que llegaran los turistas de la época estival y molestaran a toda la fauna marina, Iván se adentró con su pequeño bote mar adentro, tanto que casi perdió de vista la línea de tierra que cortaba el océano. No era la primera vez que lo hacía cuando buscaba encontrarse con delfines. Aquella preciosa mañana de mayo, avistó enseguida, con emoción, una pareja de estos animales que se dirigían hacia donde él se encontraba. Entonces se sumergió con tranquilidad al agua, sin alejarse mucho de la barca, para intentar acercarse a su lado y poder interactuar con ellos, como ya en alguna ocasión había podido hacer.
Cuando los tuvo cerca, el mar era solo un silencio azul: eran como dos sombras plateadas que se movían entre los reflejos del sol. Se acercaron con movimiento ágil, y el agua vibró con los sonidos que emitían. No eran palabras, sino una serie de silbidos y chasquidos. Una especie de melodía alegre. Él no comprendió aquellos sonidos, pero algo dentro de su pecho respondió, como si una parte de sí reaccionara de forma instintiva. Los delfines nadaron a su alrededor formando círculos de espuma, y tuvo la impresión de que lo estaban invitando a acercarse.
Al tocar el lomo de ambos animales, sintió que le pedían que los acompañase. Se sujetó como pudo y los tres avanzaron con rapidez, alejándose de la costa. Después de unos minutos en la superficie, se sumergió con ellos y pudo ver un mundo submarino que nunca antes había conocido.
Durante el recorrido, comprendió cómo los delfines se comunicaban, no sólo con sonidos, sino también con movimientos y vibraciones que parecían recorrer todo el cuerpo. En ese entorno, perdió la noción del tiempo. Entendió que en el mar sólo existía el presente.
Y allí, mientras nadaba junto a ellos, aprendió algo más: que se puede compartir un vínculo profundo sin necesidad de poseer. Sintió que los delfines le transmitían, de algún modo, una lección sobre el amor libre y la compañía sin dominio.
Una vez en casa, esa noche, al cerrar los ojos, aún oía los delfines del océano. No eran voces del mar, sino del alma: recordatorios de que amar también es aprender a fluir, a soltar, a ser agua. Desde aquel día, los delfines se acercan al bote de Iván y juegan a su alrededor. Algún pescador aseguró haberlo visto sumergirse sin equipo, nadando entre ellos como si el mar le hubiera devuelto su verdadero hogar.