PAISAJE INTERIOR

Emilio Soler

Lanzarote es una isla que ha aprendido a mirarse. Pocas islas han construido una relación tan intensa entre su paisaje y la forma de representarlo. El volcán, la lava, el negro, la arena, el horizonte, el mar o el vacío no constituyen únicamente una geografía: forman parte de un lenguaje que atraviesa buena parte de la creación artística contemporánea de la isla. César Manrique, Ildefonso Aguilar, Rufina Santana o Roberto Fernández Perdomo, entre otros artistas, se han aproximado a ese territorio desde posiciones y lenguajes diferentes, pero en todos ellos existe, de una manera u otra, una voluntad de ir más allá de su simple representación. La materia volcánica en César, el espacio, el silencio y el vacío en Ildefonso, el paisaje íntimo y colorido de Rufina o la atención de Roberto hacia las formas y tramas de la naturaleza han contribuido a construir distintas maneras de mirar Lanzarote.
Pero hay una parte de ese paisaje que apenas puede ser mirada desde fuera. Bajo algunos de los malpaíses que contemplamos en superficie existe otro territorio. Entrar en ese paisaje significa, literalmente, cambiar la dirección de nuestra mirada. Al entrar en un tubo volcánico no descendemos a un espacio situado debajo del paisaje. Descendemos al interior del propio paisaje. Hay además algo muy importante: nuestro cuerpo cambia de escala. De repente somos pequeños respecto al espacio que nos contiene. Quizá esa sensación explique parte de la fascinación que las cuevas y los mundos subterráneos han ejercido sobre nosotros desde la antigüedad. Entrar supone abandonar la luz, el horizonte y muchas de las referencias con las que habitualmente construimos un paisaje. No es extraño que ese descenso aparezca una y otra vez en nuestra manera de imaginar lo desconocido. Jules Verne convirtió el mundo subterráneo en un verdadero paisaje, con dimensiones y escalas propias; Gaston Bachelard reflexionó sobre cómo determinados espacios forman parte también de nuestra imaginación y nuestra experiencia; y Robert Macfarlane habla del subsuelo en términos de oscuridad y profundidad, pero también de tiempo, memoria y de aquello que permanece oculto bajo nuestros pies. En un tubo volcánico penetramos físicamente en la forma que dejó el movimiento de la lava. Cambia la luz, cambia el sonido y cambia también nuestra percepción del espacio. A medida que dejamos atrás el exterior, podemos encontrarnos con un silencio atronador y con una oscuridad llena de color.
Los tubos volcánicos no son únicamente memoria geológica ni espacios capaces de producir una determinada experiencia estética o emocional. En esa oscuridad, aparentemente vacía, existe vida. Sobre las paredes, en pequeñas grietas, alrededor de una entrada o allí donde las condiciones de humedad, luz o disponibilidad de nutrientes lo permiten, se desarrollan comunidades de microorganismos extraordinariamente adaptadas a condiciones que para nosotros pueden parecer extremas. Bacterias, cianobacterias, microalgas, hongos y otros organismos forman comunidades cuya diversidad apenas comenzamos a conocer. Y quizá sea precisamente ahí donde el paisaje interior adquiere otra dimensión. Un tubo volcánico es la huella de un proceso ocurrido en el pasado, pero no es un espacio detenido en el tiempo. Sobre esa geología se ha instalado la vida, a veces de manera casi imperceptible, generando comunidades que pueden ser diferentes incluso entre cavidades relativamente próximas. Estudios recientes en ambientes hipogeos del archipiélago están revelando la presencia de organismos hasta ahora desconocidos para la ciencia.
El tránsito descontrolado y otras formas de presión humana pueden transformar sus condiciones y destruir comunidades que han permanecido estables durante milenios. La conservación y regulación de estos enclaves no solo protegen una formación geológica singular, sino también una biodiversidad única, especialmente vulnerable.
Lanzarote ha aprendido a mirar su paisaje, a reconocerse en él y, sobre todo, a protegerlo. Bajo la isla, el paisaje continúa.