Lata

zebensuí y Carlos

Hay objetos que sobreviven a su oficio, y al sobrevivir se convierten, sin proponérselo, en el único testigo de un mundo que ya apenas se sostiene. Una lata pensada para guardar pescado durante unos meses puede durar medio siglo si alguien, en algún lugar, sabe encontrarle una nueva utilidad. Y entonces sucede algo inesperado: que aquel envase humilde, fabricado para ser usado y tirado, acaba custodiando con más fidelidad la memoria de su origen que el propio lugar donde fue troquelado.
Lo que podría quedarse en anécdota cobra cierta hondura cuando se sabe de dónde viene esa hojalata. Salió del mar, del que baña una ciudad que durante mucho tiempo midió sus límites por la marea: Arrecife, baja y blanca, donde el horizonte era un oficio y la bahía un lugar de trabajo. Olíamos entonces a lo que éramos: a sardina recién descargada, a salmuera, a aceite hirviendo en las calderas, a harina de pescado, a subproducto y a hojalata recién cortada.
Hasta cinco penachos de humo llegaron a levantarse a la vez sobre nuestra marina, los de aquellas fábricas que vertían sobre la bahía la respiración de un oficio que era, casi entero, la respiración de la isla: siete de cada diez pesetas que circulaban por Lanzarote las pagaba el mar. Hoy cuesta creerlo, pero la flota sardinera de Arrecife llegó a ser una de las mayores de Europa, y por sí sola arrastraba nueve de cada diez barcos de toda la sardina española; la pesca entraba por la bocana de Puerto Naos en cantidades que hoy parecen exageración. La ciudad, cosida a su orilla, no sabía bien dónde terminaba el agua y dónde empezaba el trabajo. En los muelles se mezclaban el grito de los descargadores, las cajas húmedas de pescado y el ir y venir de camiones que atravesaban la ciudad todavía oliendo a puerto. Y creció así, hacia dentro de sí misma, llamando a su muelle a los hombres y a las mujeres del campo seco, que venían de los pueblos de la isla a cambiar el arado por el jornal que ofrecía el mar.
Arrecife se hizo ciudad porque el mar la llamó: esa es su partida de nacimiento, y es justamente la que ha olvidado. En una de aquellas naves, la conservera Garavilla, llegada del Bermeo vasco —porque también el capital seguía a la sardina, como antes la siguieron los marineros—, cerraba latas con un apellido de allá y una dirección de aquí. Las llenaban sobre todo mujeres. Niñas, muchas veces, de trece o catorce años, con las manos pequeñas y rápidas, que entraban a la fábrica porque el mundo era ancho, pero pobre, y las opciones se contaban con una mano.

Una de aquellas latas viajó. Salió de la isla en barco, como salía entonces casi todo, y cruzó hasta la Península siguiendo las rutas del comercio que repartían el pescado lanzaroteño por los mercados de tierra adentro. Llegó así, de mano en mano, hasta Llamas de la Ribera —un pueblo de León lejos de cualquier mar— a la casa de los padres de Socorro Suárez. Allí, alguien que sabía de escasez la vació, la miró con la calma aprendida en las casas donde nada se agota en un solo uso, y le soldó un tubo en la base para convertirla en embudo. Durante años sirvió para trasvasar a la lechera la leche recién ordeñada de los calderos. Permaneció después, porque en las alacenas no se hacen inventarios y las cosas heredan su sitio. Y esperó sin saber qué le aguardaba. Una mañana de Antruejo —esa fiesta del interior, hermana áspera del carnaval—, Socorro la sacó del rincón y la levantó sobre su cabeza, como mitra, como corona, sin saber que coronaba el nombre de una ciudad que nunca había pisado.
Mientras tanto, aquí, habíamos dejado caer todo lo demás. El mar se volvió ajeno cuando los caladeros quedaron al otro lado de un acuerdo; las fábricas cerraron una tras otra; las mujeres se encerraron en las naves para impedir lo inevitable, sí, pero de aquellas huelgas no queda ni una placa. El olor se fue primero; y con el olor, el ruido; y con el ruido, el oficio; y con el oficio, el nombre antiguo de las cosas. Los varaderos son hoy puerto deportivo; las salinas, ruina con proyecto perpetuo. Y sobre el solar mismo donde estuvo Garavilla, donde cientos de manos cerraron millones de latas, se levanta hoy un gran centro comercial que no guarda de todo aquello ni una cicatriz. Escondimos el mar, tan solo acicalamos alguna playa, y borramos del espacio toda huella del trabajo que nos había dado de comer. Quisimos una ciudad sin pasado incómodo, y la conseguimos.
Por eso conmueve, casi indecentemente, que aquella lata haya sobrevivido lejos. Mientras Arrecife se reescribía como destino y se olvidaba de que había sido origen, un cilindro de hojalata oxidada custodiaba en una cocina del interior leonés lo que nosotros ya no quisimos guardar. El humo. Las niñas. El olor. La sardina. Y el viejo Puerto entero, cerrado dentro de una marca que aquí los más jóvenes no recuerdan. Hoy, esa lata cuenta en León lo que aquí hemos dejado de contar. Y quizá no haya olvido más hondo que este: necesitar que un objeto emigre mil ochocientos kilómetros para que alguien, en una fiesta ajena, vuelva a poner en pie la memoria que su propia tierra dejó caer.