El desembarco de Normandía, una lección de historia escrita con sangre
Recordar la historia en fechas como el "Día D" es mantener viva la advertencia que representan los tiranos del pasado, frente a aquellos que hoy recurren al mismo discurso de odio que en su día costó millones de vidas. Olvidar este sacrificio supone un insulto a la memoria de quienes entregaron su vida por nuestra libertad.
En la Batalla de Normandía murieron en combate alrededor de 73.000 soldados aliados y 153.000 resultaron heridos. Además, los intensos bombardeos aliados sobre localidades francesas provocaron la muerte de unos 20.000 civiles durante la campaña. Normandía, 82 años después, es una lección de historia escrita con sangre. Solo en el Cementerio Estadounidense de Normandía, en Colleville-sur-Mer, reposan 9.389 soldados estadounidenses, de los cuales 307 permanecen sin identificar.
¿Podemos repetir el mismo error? Claramente sí. Hoy, como ayer, conocemos a los tiranos que gobiernan y que no dudarían en sacrificar miles de vidas humanas: sus discursos rebosan el mismo odio, el mismo clasismo y la misma retórica divisiva que utilizó Hitler en su momento, y una vez más el mundo observa en silencio sin actuar a tiempo. Ahí están, sin ir más lejos, tipos sin escrúpulos como Trump, Putin o Netanyahu —estos dos últimos con orden de arresto del Tribunal Penal Internacional—, tres tiranos con un único plan: joder el mundo para su propio beneficio. Y ese plan no prospera solo, sino con el irracional apoyo de parte de una ciudadanía sumida en una disonancia cognitiva demencial, incapaz de ver que se está perjudicando a sí misma y, todavía más, comprometiendo el futuro de las nuevas generaciones. Pero si es consciente de lo que está haciendo, deberá asumir la responsabilidad atroz del daño que causará a millones de personas, igual que en el pasado fue responsable la sociedad alemana al encumbrar al régimen nazi.
Como entonces, hoy vemos cómo, nuevamente, todo empieza por señalar a unos enemigos inventados, recortar derechos, eliminar libertades y, finalmente, será legítimo exterminar a otros seres humanos. La moraleja es clara: sin historia no hay memoria, y en parte parece que hemos fracasado en la pedagogía más básica, olvidando el respeto a los valores de los derechos humanos sobre los que debe basarse la educación. Una Convención que llegó después de dos Guerras Mundiales, para evitar nuevamente lo que unos pocos líderes nefastos desean: la guerra. La pregunta ya no es si sabremos reconocer las señales. Es si, reconociéndolas, haremos algo al respecto.
