Regresar a Lancelot
Cerca del mar. Su presencia te hace falta. En lo que nombras, te pierdes. Lo que está más cerca. No es mucho lo que pides. Quieres saber. Quieres saber qué es lo que tiembla. Te sientes desprotegido. Quieres llegar indemne a la noche. El libro es la noche. El viento anuncia la tormenta.
Te estás apropiando de un silencio. Antes parecía que había algo. Las palabras conducen a la memoria. A un nombre. ¿Los nombres son mentira? ¿Una ficción? ¿En qué margen queda todo lo que no puede ser dicho con palabras? Pocas palabras. Todas las verdades del silencio. En la urdimbre del tiempo. De una vida a otra transitas. Hacia una vida verdadera.
La consideración del trabajo en el mar como un régimen especial para aquellos que ejercen su actividad marítimo —pesquera a bordo de embarcaciones ofrece una idea de su dureza. Aunque la prestación se reconoce en los mismos términos y condiciones que en el Régimen General, en el cálculo de la edad de jubilación se aplican coeficientes reductores que hacen posible reducir la edad que corresponda hasta en diez años. Tu abuelo se jubiló con poco más de cincuenta años.
Los años en el mar. El mar, el mar. El mar siempre recomenzando. Los distintos estados del mar y los vientos. La voz del mar. No pudo olvidar esa voz que nunca había oído antes. Que había oído desde siempre. La inmensidad del mar. La profundidad del mar. Los abismos sin luz. Se enfrentó a la verdadera fuerza de la naturaleza. Todo agua. Sin alcanzar nunca el fin del mundo. ¿No estaba dispuesto a sufrir? Las jerarquías. La dureza de permanecer y dormir en el mismo lugar donde se ha de trabajar. El aislamiento. Es necesario que la vida a bordo sea parecida a la que se podría llevar en tierra. Pero por fuerza no puede serlo. En cualquier caso, es una gran experiencia en que los trabajadores están veinticuatro horas encerrados en un barco. Un reality show. Días muy largos de incomodidad. Soportando las estrecheces, la dureza de literas y camarotes diminutos. La falta de intimidad. Lo que ocurre en el barco es que las relaciones entre los marineros se producen en torno a la cámara, el lugar de encuentro. En un espacio reducido pueden llegar a convivir personas de distintas procedencias, lenguas, religiones... La soledad y la compañía. Los amigos que solo se pueden hacer en el mar.
Su pequeño reino: el cuarto de máquinas. Umbral de hierro. Desde la escotilla correspondiente, por las escalas estrechas accedía. El lugar no podría estar más limpio. Tubos, palancas, pesos, fulcros hacen operar los mecanismos. Tornillos, bielas, cigüeñales. Comprender su funcionamiento está a su alcance. Como un reloj debe funcionar un barco.
Recuerdas algunas anécdotas de tu abuelo. Te imaginas muy temprano zarpando del puerto de Vigo un buque en el que navega hacia las aguas del Atlántico Norte. Hacia el Gran Sol en busca de merluzas, rapes, gallos, congrios... La luz que le roza con su timidez temprano en cubierta. El ruido de los mástiles. El ensordecedor estruendo de la sala de máquinas. Los almuerzos abundantes. Las tardes de pesca. Las puestas de sol y los amaneceres de ensueño. Las noches sin luna, prendiéndose las estrellas lejanísimas. El significado de las estrellas. Su utilidad. Su apatía. El silencio absoluto tras jornadas de trabajo interminables. La fatiga. Los días tranquilos. Los sargazos. Por el ancho mar. La rutina y el viaje. Los lugares que conoció. Es cierto que recorrió los siete mares, alcanzó los puertos de muchos países. Los ocho confines. Pero también se sometió a una rutina lejos de su familia y de los problemas de tierra firme. Aceptó la incomunicación. Al mar no le importan nacimientos ni celebraciones familiares, mucho menos muertes cercanas. Las noticias siempre tardías. En casa, solo un mes al año para descansar. Las fotos de la familia en la cartera. Las hijas creciendo lejos de su mirada. En su mirada llevaba el buen amor. La ansiedad de la ausencia. La nostalgia entre las olas. Siempre frente a la infinitud del horizonte tomar conciencia de la lejanía.
¿Alguna vez tuvo miedo? ¿Alguna vez se enfrentó a serios peligros que pusieron en riesgo su vida? ¿Alguno de sus compañeros murió en circunstancias terribles? ¿Vientos atroces, tal vez? ¿Marejadas, resacas, fuertes corrientes, olas inmensas, olas altas como montañas, icebergs? Las aguas violentas. La mar revuelta. Las espumas. Las olas saltando sobre el barco. ¿Temió por su vida? Lo imaginas con botas de agua y un chubasquero. El viento en los ojos. ¿Necesitaría un poco más de abrigo? Lo imaginas con las manos entumecidas, llenas de grasa. Los callos en las manos. Con un dolor de cabeza insoportable, con los oídos retumbando al quitarse los cascos «porque le molestaban». Tras discutir con algún compañero holgazán y borracho. Con el cuerpo cansado y aterido de frío. Contemplando el mar desde una inmensa soledad como en la muerte. Atrapado en una calma chicha. El rostro, los brazos encachazados por el sol. ¿Le faltó ropa limpia? Por falta de previsión, ¿alguna vez se vio con escasa agua fresca, con seis galletas en un mar embravecido y lejos de cualquier puerto? De sus miedos no habló nunca. De sus preocupaciones por la familia en tierra, cuando triste pensaba en el hogar. Ya no queda tiempo para que nada pueda hacerle daño, te consuelas. Solo habló de sus fantasías, de los barcos perdidos en Bermudas, de islas y barcos fantasmas, de los piratas bondadosos y las sirenas encantadoras... Le sobraba sensatez y entereza para afrontar el agotamiento por esa vida en el mar. Le sobraba imaginación. Respeto. ¿No fue capaz de perdonarle al mar los años que le entregó?
El casco. El puente. El timón. Las barandillas. Los ojos de buey. No le falta detalle al barco. Tu abuelo ha dedicado sus años en la aldea a construir maquetas, pequeños barcos con trozos de madera. Los barcos en los que navegó durante su vida. Ninguno de esos barcos. En los últimos años, barcos esquemáticos, compuestos apenas de dos partes: el casco y la vela. Suficiente para designar la realidad de una nave. Una forma de percibir el mundo: Una nave que permite el viaje. El viaje posible. Lo que podría relatarse en un cuaderno de bitácora. La aventura y la vuelta al hogar.
Todos los rostros que hay detrás del rostro de tu abuelo mientras trabaja la madera con su gubia puedes ver. El de tu bisabuelo adolescente emigrando a América. El de tu bisabuelo maduro regresando. El del niño travieso que con una gran inocencia en el corazón va a robar fruta al huerto de las monjas. El del joven hermoso al que comparan con el James Dean de Al Este del Edén. El del hombre que, con apenas veinte años, ya es oficial de máquinas, que pasa media vida en el mar. El del anciano que se retira en la aldea donde no se ve el mar, que no quiere salir de casa para que el tiempo pase más lento porque tiene miedo a la muerte.
Fragmento de Regresar a Lancelot (Editorial Siete Islas, 2026)
Fabio Carreiro @fabiocarreirolago
Ilustración:
Guacimara Hernández. Título: tu abuelo en el mar. Técnica: collage sobre papel.
