Geria
Desde la carretera, el hoyo parece un ojo. Miles de párpados negros abiertos en la ladera, cada uno con su ceja de piedra vuelta contra el viento, y todos mirando hacia arriba con esa fijeza que tienen las cosas ordenadas por alguien. El que llega, deslumbrado, baja la ventanilla y se hace la foto. Hasta las guías dieron hace tiempo con la palabra que más gusta repetir: lunar. El parecido es lícito —a cierta hora de la tarde aquello no parece de aquí—, pero en La Geria no hay nada que haya venido de otra parte. Cuanto se ve es suelo: suelo apartado, suelo amontonado y, debajo de todo, suelo sepultado. Y nada de eso es un accidente del planeta, sino una respuesta: la que se dio doblando la espalda cuando el volcán se tragó los terrenos más fértiles de la isla y sus gentes tuvieron que elegir entre la pala y el barco.
No es una estampa. Se diría que el arquitecto de la creación dispuso estos embudos con buen gusto y pulso firme para regalarle a la isla una rareza, y que después alguien puso el hallazgo a secar entre las páginas de un libro, como una flor, para que no se moviera de su sitio y permaneciera terminado, inalterable, listo para el encuadre. Sin embargo, su historia empieza en una desgracia y continúa, sin pausa, en una labor que todavía no ha concluido.
Porque La Geria son miles de hectáreas peinadas a mano durante muchas generaciones, con el escrúpulo de quien se empeña en conservar la única salida que hubo. Es el catastro del hambre: el plano que hubo que dibujar sobre la ceniza para no abandonar la isla, y cuyo trazo hay que repasar cada año, porque está escrito sobre un material que castiga el descuido.
Ese material habla. El rofe cruje bajo la bota con un chasquido de vidrio molido, y ese chasquido es el rumor del desastre que todavía trabaja: lo que cayó del cielo para arrasar se quedó abajo haciendo el oficio del agua que aquí pocas veces llega. Una obra levantada con los escombros de su propia ruina. Cada grano es un alvéolo minúsculo: bebe de noche el sereno, da de beber a la raíz durante el día y, entre tanto, hace de tapa para que el sol no se lleve lo que la tierra guarda.
En ese rofe se abrieron los hoyos. Algunos resultan enormes, desmedidos para quien los contempla sin trabajarlos, y hay quien piensa que tanta boca para una sola planta es un derroche. No lo es. Alguien midió la sed y cavó a esa medida, porque cada cepa necesita un dominio propio de arena donde beber y aquí el agua se reparte como el pan en año de escasez: mucho, y a muy pocos. Pero el hoyo guarda otra medida, no menos exacta: la de un cuerpo agachado. Por eso, en dos siglos y medio, no ha entrado en él ninguna máquina.
Dentro, la parra hace lo contrario que todas las parras del mundo: no sube. Aquí subir es ofrecerse al viento, y ella lo sabe desde antes de que nadie lo explicara. Se queda abajo, agarrada, retorcida también de tanto agacharse, asomando la cabeza lo justo para respirar. Y de todo un año de contención sale al final la uva: fruta, sí, pero también el recibo de doce meses de brega cobrado de una sola vez.
Doce meses, aunque desde el arcén solo se alcance a ver el último día, y ese apenas. Lo demás transcurre fuera de plano: la poda con las manos ateridas, la limpieza de la hoja, el sulfato a la espalda, la piedra del soco que se descuelga y hay que volver a asentar, la ceniza que el alisio devuelve al centro del embudo y hay que sacar otra vez a paladas. Nada de eso suele llegar a la imagen. Y cuando por azar aparece —cuando el visitante madruga y sorprende una espalda doblada entre los pámpanos—, casi no se lee como trabajo, sino como cosa pintoresca: un poco de color humano en el ángulo del cuadro, como el pastorcillo que el pintor coloca para dar escala al monte. Hasta la tienda de recuerdos vende esa misma espalda impresa en un imán de nevera. Y así queda todo del revés: parece que la faena forma parte del espectáculo, cuando el espectáculo es apenas el residuo que la faena deja al retirarse.
Paisaje es lo que un lugar parece cuando se lo mira desde la distancia exacta a la que desaparece quien lo trabaja. No es una cualidad del sitio: es una cualidad de la mirada, y de una mirada concreta, la que llega en coche, no tiene que agacharse y dispone de tiempo para admirar. Por eso la postal no es una mentira sobre La Geria; es una verdad sobre nosotros. Retrata con exactitud lo que se ve desde donde estamos, que es fuera. Y esa manera de mirar, tan legítima como cualquiera, tiene un precio: cuanto mejor se ve el dibujo, menos se ve la mano.
Hay que volver, pues, al hoyo, pero esta vez para bajar. Desde dentro también se ve, claro: una pared de arena en pendiente, una cepa vieja agarrada al fondo, un balde de pintura con la uva dentro, el crujido bajo los pies y, más allá del muro, un volcán desenfocado. El único mirador desde el que La Geria se entiende es precisamente el único desde el que no se la puede abarcar. Quien está abajo no contempla el prodigio: lo sostiene. Y si un día no queda quien baje, la ceniza regresará al centro, el muro se descolgará piedra a piedra, la cepa se secará y la ladera volverá a ser una falda lisa y sin dibujo, sin ojos; lunar por fin, ahora sí, del todo.
