La madre de Hans Müller
No hubo emoción para Hans como aquella. No hay palabras exactas para describir cómo era el suave y ondulado deslizamiento de la embarcación sobre aquellas aguas tranquilas y transparentes, que permitían ver la vida marina a menos de un metro de profundidad. Cómo narrar esa sensación de estar suspendido, flotando y sintiendo que el bote se desliza delicadamente sobre la superficie quieta de aquel mar de azules claros y de fondos arenosos. No había alegría más grande que ver aquel frenesí en el que huían las lisas, las galanas, las salemas y los pejeverdes al sentirse sorprendidos por el bote. Pedro lanzaba un montón de nombres que Hans quiso apuntar, fotografiar en su memoria y pintar en su retina, mientras Arrecife surgía despacio, con cada empuje del viento que hacía mover la nave hacia fuera. Primero apareció, por encima de la muralla, la avenida como un balcón de pequeñas edificaciones blancas sobre la vegetación de los árboles del parque, que parecían asomarse curiosos para ver qué es lo que ocurría hoy en la marea. Y, por último, las lomas de las montañas del interior de la isla, coronadas por un cielo azul intenso. Una emoción nueva, nacida de la visión de aquel paisaje casi desnudo con la hilera de pequeñas edificaciones blancas y montañas peladas sobre aquel azul impoluto, le enamoró el alma. No entendía cómo la belleza podía estar agazapada en aquel olvidado jirón de tierra seca bañado por un mar teñido con todos aquellos azules increíbles. Cómo era posible que tantos sentimientos maravillosos estuvieran escondidos en las vivencias más sencillas o cotidianas que le proporcionaba el paisaje de aquel mar desconocido y en aquella tierra lejana.
Se sintió como si tuviese diez años. Hans era un chinijo ilusionado al que le mostraban por primera vez aquel universo marino repleto de imágenes y de momentos únicos que él no quería que se acabasen nunca. Y todo envuelto en aquella luz limpia que taladraba tanto al paisaje como a su alma. Pero luego vino lo mejor. Al emparejarse el barco con las últimas rocas del islote de La Fermina, Hans sintió cómo la vela se llenaba de aire y hacía navegar al bote como si alguien tirara de él hacia fuera con mucha fuerza. El corazón iba a salírsele por la boca. Cómo describir todo lo que estaba viviendo. No hay emoción en el mundo más cierta y más verdadera que sentirse por primera vez en un barco, navegando por la acción generosa del viento en la vela. Nada puede compararse a ese momento mágico. Es algo inexplicable porque no hay una sensación semejante a esa. Aquello era la vida en estado puro. Ahora entendía por qué los marineros lloraban cuando se hacían viejos y dejaban la mar por la tierra, que era su morir. Pensó en eso. Se dio la vuelta para que Pedro no lo viera emocionado y lloró en silencio de alegría, por estar viviendo aquella experiencia única. Cómo podía haber vivido sin sentir este tipo de cosas antes. Se tumbó en la proa, se agarró al bote y le dio la espalda a él, para poder cerrar los ojos y disfrutar de todo aquello sin tener que dar explicaciones a lo que estaba viviendo.
Para volver al mundo, metió la mano en el agua para acariciar el mar, deshaciéndose entre sus dedos, mientras el sol ascendía e iba desbaratando las nubes menudas que los alisios habían dibujado con el alba en el horizonte. Cuando dejó de llorar, se dio cuenta de que ahora el azul del mar había dejado de ser turquesa y se había vuelto más oscuro por hacerse más profundo.
