Eileen Gray. Una casa al borde del mar
El primer lunes de octubre se celebra cada año el Día Mundial de la Arquitectura, una iniciativa promovida por la Unión Internacional de Arquitectos, que este año tendrá lugar el próximo 5 de octubre. Esta es una buena ocasión para recuperar la figura de la arquitecta Eileen Gray y detenernos en la E-1027, la casa que proyectó entre 1926 y 1929 en Roquebrune-Cap-Martin, en la Costa Azul francesa, considerada en la actualidad una de las obras más significativas de la arquitectura moderna.
Nacida en Irlanda en 1878, Gray se instaló en París a principios del siglo XX y desarrolló su carrera profesional primero en el ámbito de las artes decorativas y el diseño y más tarde en el campo de la arquitectura. Su actividad en el diseño de interiores y de mobiliario se caracterizó por una concepción del espacio doméstico en la que la arquitectura, los muebles y los objetos formaban parte de un conjunto unitario. En el año 1922 abrió en París la Galería Jean Désert desde la que comercializó alfombras, lámparas y muebles de su autoría. En esa época empezó una relación personal y profesional con Jean Badovici, un arquitecto y crítico de origen rumano, con el que impulsó su primera obra arquitectónica, el proyecto de la casa E-1027. Esta vivienda fue proyectada en un terreno escarpado frente al Mediterráneo, teniendo en cuenta las condiciones del lugar, la topografía, la trayectoria del sol, la dirección de los vientos y las vistas sobre el mar. El proyecto fue presentado en 1929 en un número especial de la revista L’ Architecture Vivante, de la que Badovici era editor. En la E-1027 las ventanas, terrazas, persianas y toldos regulaban la entrada de la luz y del aire y establecían una conexión entre los espacios interiores y el paisaje exterior y algunos elementos del mobiliario hacían referencia al mundo náutico, como el sillón Transat o la alfombra Marine d’abord. En este proyecto la arquitecta tuvo muy en cuenta la distribución de los espacios, planteó soluciones para guardar objetos, trabajar, leer, descansar o comer y creó muebles fijos, móviles, plegables y transformables, armarios empotrados, mesas regulables, lámparas, espejos articulados y diferentes dispositivos que dieran respuesta a tareas concretas de la vida diaria, desarrollando así una arquitectura que atendía a la intimidad, al confort y a las experiencias cotidianas de las personas.
Eileen Gray abandonó la E-1027 en 1932, mientras su compañero Jean Badovici continuó utilizando la casa y recibiendo en ella a algunos de sus amigos, entre ellos al arquitecto Le Corbusier, con quien mantenía una estrecha relación profesional. Le Corbusier conocía el trabajo de Gray y pasó varias temporadas en la vivienda entre los años 1937 y 1939. Durante esas estancias y animado por Badovici, Le Corbusier realizó una serie de pinturas sobre los muros de la casa. Sobre unas paredes blancas pintó siete composiciones de colores intensos, algunas protagonizadas por figuras desnudas y con claras referencias de contenido sexual.
No se conserva ningún testimonio escrito de Eileen Gray en el que valore estas intervenciones. Su rechazo se conoce a través de testimonios posteriores, como el de su amigo y biógrafo Peter Adam, quien afirmó que Gray las consideraba un «acto de vandalismo». La correspondencia que se conserva entre Jean Badovici y Le Corbusier confirma, además, que a finales de la década de 1940 surgió un conflicto en torno a las pinturas y a la alteración que habían supuesto para el carácter original de la casa. La intervención de Le Corbusier fue muy perturbadora sobre todo si tenemos en cuenta que no se trataba de una vivienda diseñada por él, sino de una de las principales obras arquitectónicas de Eileen Gray. ¿Fue este un acto de vandalismo o por el contrario se trataba de un acto de admiración hacia una arquitectura que siempre le había interesado?, ¿era esto una provocación?, ¿una manifestación de rivalidad profesional?, ¿un intento consciente o inconsciente de apropiación de una obra ajena? No sabemos qué pudo motivar esta intervención pero lo que está claro es que Le Corbusier, sin la autorización de Gray, superpuso su obra pictórica sobre una obra arquitectónica ajena, transformando unos espacios que habían sido diseñados y pensados por ella hasta en sus más mínimos detalles. Pintó directamente sobre unos muros que formaban parte de la propia arquitectura, alterando así la relación entre las superficies, el mobiliario, el color y el espacio que Gray había proyectado. Y mientras Le Corbusier se consolidaba como uno de los grandes protagonistas de la arquitectura del siglo XX y su nombre pasaba a formar parte de los relatos canónicos de la modernidad, Eileen Gray, a pesar de la originalidad de su trabajo y de la importancia de la casa E-1027, permaneció durante décadas en un lugar secundario. El suyo es, por tanto, uno de los muchos ejemplos que encontramos en la historia del arte y de la arquitectura de creadoras que han quedado ocultas detrás de sus compañeros, maridos, maestros o colaboradores y cuyas obras han sido atribuidas a otros, artistas que han sido convertidas en figuras secundarias dentro de proyectos en los que desempeñaron un papel principal. En el caso de la casa E-1027 la presencia de Le Corbusier no se limita solo a esas pinturas murales: durante mucho tiempo su nombre tuvo una importancia mayor en la historia y la interpretación de la casa que el nombre de la mujer que la había proyectado. Con el tiempo, a esas intervenciones de Le Corbusier que modificaron la obra de Gray se les dio un valor histórico y patrimonial propio y pasaron a convertirse en elementos que debían ser conservados. De las siete pinturas que realizó entre 1938 y 1939 se conservan cuatro, que han sido restauradas. A esto hay que añadir que la restauración de la vivienda presenta una contradicción de difícil solución ya que si se eliminan las pinturas de Le Corbusier se borra una parte de la historia de la casa, y mantenerlas visibles supone perpetuar la alteración y transformación de una obra sin contar con el consentimiento de su autora.
La relación de Le Corbusier con la E-1027 y con Roquebrune —Cap—Martin, continuó con los años. En 1952, a pocos metros de la vivienda diseñada por Gray, el arquitecto levantó su conocido Cabanon, una pequeña construcción de madera en la que pasaba algunos veranos. El 27 de agosto de 1965, en una de esas estancias estivales en Roquebrune —Cap—Martin, Le Corbusier, que entonces tenía setenta y siete años, salió como de costumbre a bañarse en la playa de Cabbé. Durante su baño sufrió una crisis cardíaca y falleció en las aguas próximas a su cabaña y muy cerca de la casa E-1027.
En 2008 la artista Carmela García realizó Au bord de mer, un vídeo dedicado a Eileen Gray y a la historia de la casa E-1027 que conecta con su interés por los espacios como generadores de memoria e identidad y por la recuperación de genealogías femeninas. García recorrió con su cámara los interiores de la vivienda que en aquel entonces conservaba todavía las huellas del abandono y del deterioro sufrido durante décadas. En ese recorrido capturó habitaciones, paredes, muebles, rincones y restos arquitectónicos para reactivar la memoria de Gray y convertir la casa en el escenario desde el que adentrarse en una vida y una obra olvidadas en los relatos dominantes. Y es que Gray no desapareció de la historia porque su casa fuese destruida o porque no existieran documentos sobre ella, sino porque sobre su obra se fueron superponiendo otros nombres, otras intervenciones y otras narraciones que desplazaron su protagonismo.
La celebración del Día Mundial de la Arquitectura puede ser una oportunidad para aproximarnos a la casa E-1027 desde una perspectiva que coloque en primer término a la mujer que la concibió, atendiendo a la importancia de sus aportaciones a la arquitectura y al diseño moderno y también a los mecanismos que desdibujaron su autoría. En este relato no hay que eliminar a Le Corbusier de la historia de la casa ni negar el valor patrimonial que con el tiempo han adquirido las intervenciones murales. Es necesario cambiar el orden en el que ha sido contada esa historia, la de una arquitecta que estudió el terreno, el sol y los vientos, que diseñó los espacios, los muebles y los objetos pensando en las necesidades de quienes iban a habitarlos y usarlos, y que construyó, frente al Mediterráneo, una obra que casi un siglo después nos obliga a revisar la historia de la arquitectura moderna.
