El último buque del imperio español
Un barco desguazado es un barco muerto. Un barco hundido nunca deja de navegar: esta es la historia de uno de ellos, el mítico Infanta María Teresa.
El viejo imperio español recibió la estocada final de un imperio adolescente, Estados Unidos, en la batalla del 3 de julio de 1898. Comandaba la escuadra española el almirante Pascual Cervera Topete, contrario al enfrentamiento. Ese día, al clarear, su hijo –teniente de navío– le oyó decir en cubierta: “Vamos al sacrificio, al desastre, o mejor dicho, vamos al cumplimiento del deber”.
Ese día, en Madrid lucía un sol espléndido y una espléndida indiferencia. Ese día, todos los barcos españoles que entraron en combate se hundieron frente a la costa de Santiago de Cuba. Y ahí siguen. Todos menos uno: el buque insignia de la escuadra, el Infanta María Teresa. Con Cervera al frente, este crucero de guerra quedó muy herido por los treinta y tres proyectiles que recibió de la escuadra estadounidense. Pero no se hundió.
Era el buque del almirante. El que abrió el fuego y el que más disparó. La presa más sublime para los estadounidenses, que lo intentaron remolcar hasta Norfolk. A la altura de Cat Island, por el canal viejo de Bahamas, una inesperada tormenta tropical obligó a los vencedores a soltar el crucero derrotado, que acabó a la deriva y hundido entre arrecifes. Y ahí quedó su trofeo, olvidado por todos. Implosionado, descansando a mil metros mar adentro de una costa deshabitada. Sumergido a una profundidad de entre medio metro y quince metros. Su intestino más cercano a la superficie es la boca de una caldera que, con el imperceptible mar de fondo, suelta de vez en cuando burbujas de aire... ¡El infanta respira!
El último buque insignia del imperio español parece el vientre de una vieja fábrica derramada entre arrecifes: fue construido en los astilleros bilbaínos del Nervión en 1890. Estos hierros son un mapamundi sumergido. Cuando flotaban, presenciaron la apertura del canal de Kiel en Alemania, asistieron a la inauguración del monumento al general Grant en Nueva York y participaron en la revista naval en honor a la reina Victoria en Inglaterra. “Todos los barcos tienen alma”, afirma Pascual Cervera Arango, bisnieto del almirante, una de las pocas personas que lo ha buceado. “Y los barcos de guerra tienen alma de guerra”, añade.
¿Qué alma de guerra tiene un barco que no quería ir a la guerra? A esa guerra. Bucear los restos del Infanta a pulmón es sentir la radical soledad que sintió su almirante. Salió del puerto de Santiago de Cuba a perder, y lo sabía. Era contrario al combate. A ese combate. “Salga V.E. inmediatamente”. Fue la última orden de combate que recibió de Madrid, y la orden, con toda su sequedad, sigue impregnando cada fragmento del pecio.
Ochenta y un marinos españoles murieron entre los hierros del Infanta la mañana del combate, y catorce acabarían muriendo días después. El almirante quedó herido. Un total de 357 hombres murieron en los seis buques de la escuadra de Cervera. Solo murió un marino estadounidense. Cuatro meses después, cuando se hundió en Cat Island, el buque era ya un ataúd vacío.
El almirante sabía que Cuba ya no era española. Sabía que, en el fondo, no son los ejércitos los que definen la posesión. “Me pregunto si es lícito callarme y hacerme solidario de aventuras que causarían la total ruina de España –escribió al ministro de Marina cuatro meses antes del combate–, y todo por defender una isla que fue nuestra y ya no nos pertenece, porque aun cuando no la perdiéramos de derecho con la guerra, la tenemos perdida de hecho”.
“Cervera no fue, como algunos piensan, pesimista, sino extremamente realista”, afirma Ángel Luis Cervera Fantoni, bisnieto del almirante, doctor en Historia y autor de El desastre del 98 y el fin del imperio español, el mejor y más documentado libro que se ha escrito sobre el almirante. “Era el único almirante de su época que había dirigido en dos astilleros, Tolón y Bilbao, la construcción de algunos de los buques más poderosos de la armada española –afirma–. Era el que mejor conocía las capacidades y también las debilidades de todos sus barcos. Y todo lo que predijo, desgraciadamente, se cumplió”.
El almirante también sabía que las Canarias estaban militarmente desprotegidas ante Estados Unidos. Cervera Fantoni rescata una carta también escrita al ministro de Marina dos meses antes de derrota donde el almirante advierte que sólo estaban seguras plazas como Santa Cruz o Las Palmas… “¿Lo está la isla Graciosa, por ejemplo? Pues si los yankees se apoderan de ella y fortifican el puerto del río, obtienen una base de operaciones para las que hagan contra España (…). Eso es imposible (al menos ahora) con la escuadra en Canarias, pero será inevitable con la escuadra destruida”.
Para Cervera Fantoni, “la prueba definitiva de ese temor planteado por Cervera no era un sueño: existían planes del Naval War College desde varios años atrás, y donde se contemplaba la conquista de las Canarias por la Escuadra Asiática en el Atlántico, empleándose como base de operaciones contra las costas españolas”.
Entre estos hierros, el almirante se vistió de gala, izó la bandera de combate –diez metros de largo por seis de ancho– y salió a embestir al barco enemigo que tenía más cerca, el Brooklyn. Embistió “mientras comía lentamente una galleta”, recordaría su hijo, a su lado. El objetivo era proteger a los otros barcos españoles mientras intentaban burlar el cerco, y el Infanta atrajo de golpe el fuego de toda la flota estadounidense. “En la escuadra de Cervera no hubo ni un solo desertor”, recuerda Cervera Fantoni.
“Los americanos no soltaron al Infanta frente a Cat Island. Fue el propio crucero el que cumplió con su obligación y aprovechó la tormenta para zafarse y autodestruirse”, afirma Cervera Arango. Como si el barco pudiera decidir su destino y el almirante, no. Un almirante que había sido condecorado por la Primera República y había incomodado por no callar ante la corrupción en el ejército. Tras la derrota, periodistas, congresistas y senadores estadounidenses le agradecieron el trato que había dado a los marinos enemigos. Y como la paradoja es un transatlántico insumergible, en los últimos años Santiago de Cuba y La Habana le han levantado monumentos mientras que Barcelona le ha retirado el nombre a su calle. La memoria sumergida.
Washington abandonó el barco embarrancado, y la Marina británica –las Bahamas eran suyas– decidió quedarse los restos. El cónsul estadounidense en Nassau protestó. Pero, al final, este metal implosionado no pertenece a ningún imperio. Solo al escualo que se desliza entre nosotros con mirada de registrador de la propiedad planetaria: los tiburones aparecieron doscientos millones de años antes que los dinosaurios.
Al último buque insignia no lo hundió ninguna escuadra enemiga. Todos los barcos tienen alma, y a esta la hundió el mar.
Un barco desguazado es un barco muerto. Un barco hundido nunca deja de navegar: esta es la historia de uno de ellos, el mítico Infanta María Teresa.
El viejo imperio español recibió la estocada final de un imperio adolescente, Estados Unidos, en la batalla del 3 de julio de 1898. Comandaba la escuadra española el almirante Pascual Cervera Topete, contrario al enfrentamiento. Ese día, al clarear, su hijo –teniente de navío– le oyó decir en cubierta: “Vamos al sacrificio, al desastre, o mejor dicho, vamos al cumplimiento del deber”.
Ese día, en Madrid lucía un sol espléndido y una espléndida indiferencia. Ese día, todos los barcos españoles que entraron en combate se hundieron frente a la costa de Santiago de Cuba. Y ahí siguen. Todos menos uno: el buque insignia de la escuadra, el Infanta María Teresa. Con Cervera al frente, este crucero de guerra quedó muy herido por los treinta y tres proyectiles que recibió de la escuadra estadounidense. Pero no se hundió.
Era el buque del almirante. El que abrió el fuego y el que más disparó. La presa más sublime para los estadounidenses, que lo intentaron remolcar hasta Norfolk. A la altura de Cat Island, por el canal viejo de Bahamas, una inesperada tormenta tropical obligó a los vencedores a soltar el crucero derrotado, que acabó a la deriva y hundido entre arrecifes. Y ahí quedó su trofeo, olvidado por todos. Implosionado, descansando a mil metros mar adentro de una costa deshabitada. Sumergido a una profundidad de entre medio metro y quince metros. Su intestino más cercano a la superficie es la boca de una caldera que, con el imperceptible mar de fondo, suelta de vez en cuando burbujas de aire... ¡El infanta respira!
El último buque insignia del imperio español parece el vientre de una vieja fábrica derramada entre arrecifes: fue construido en los astilleros bilbaínos del Nervión en 1890. Estos hierros son un mapamundi sumergido. Cuando flotaban, presenciaron la apertura del canal de Kiel en Alemania, asistieron a la inauguración del monumento al general Grant en Nueva York y participaron en la revista naval en honor a la reina Victoria en Inglaterra. “Todos los barcos tienen alma”, afirma Pascual Cervera Arango, bisnieto del almirante, una de las pocas personas que lo ha buceado. “Y los barcos de guerra tienen alma de guerra”, añade.
¿Qué alma de guerra tiene un barco que no quería ir a la guerra? A esa guerra. Bucear los restos del Infanta a pulmón es sentir la radical soledad que sintió su almirante. Salió del puerto de Santiago de Cuba a perder, y lo sabía. Era contrario al combate. A ese combate. “Salga V.E. inmediatamente”. Fue la última orden de combate que recibió de Madrid, y la orden, con toda su sequedad, sigue impregnando cada fragmento del pecio.
Ochenta y un marinos españoles murieron entre los hierros del Infanta la mañana del combate, y catorce acabarían muriendo días después. El almirante quedó herido. Un total de 357 hombres murieron en los seis buques de la escuadra de Cervera. Solo murió un marino estadounidense. Cuatro meses después, cuando se hundió en Cat Island, el buque era ya un ataúd vacío.
El almirante sabía que Cuba ya no era española. Sabía que, en el fondo, no son los ejércitos los que definen la posesión. “Me pregunto si es lícito callarme y hacerme solidario de aventuras que causarían la total ruina de España –escribió al ministro de Marina cuatro meses antes del combate–, y todo por defender una isla que fue nuestra y ya no nos pertenece, porque aun cuando no la perdiéramos de derecho con la guerra, la tenemos perdida de hecho”.
“Cervera no fue, como algunos piensan, pesimista, sino extremamente realista”, afirma Ángel Luis Cervera Fantoni, bisnieto del almirante, doctor en Historia y autor de El desastre del 98 y el fin del imperio español, el mejor y más documentado libro que se ha escrito sobre el almirante. “Era el único almirante de su época que había dirigido en dos astilleros, Tolón y Bilbao, la construcción de algunos de los buques más poderosos de la armada española –afirma–. Era el que mejor conocía las capacidades y también las debilidades de todos sus barcos. Y todo lo que predijo, desgraciadamente, se cumplió”.
El almirante también sabía que las Canarias estaban militarmente desprotegidas ante Estados Unidos. Cervera Fantoni rescata una carta también escrita al ministro de Marina dos meses antes de derrota donde el almirante advierte que sólo estaban seguras plazas como Santa Cruz o Las Palmas… “¿Lo está la isla Graciosa, por ejemplo? Pues si los yankees se apoderan de ella y fortifican el puerto del río, obtienen una base de operaciones para las que hagan contra España (…). Eso es imposible (al menos ahora) con la escuadra en Canarias, pero será inevitable con la escuadra destruida”.
Para Cervera Fantoni, “la prueba definitiva de ese temor planteado por Cervera no era un sueño: existían planes del Naval War College desde varios años atrás, y donde se contemplaba la conquista de las Canarias por la Escuadra Asiática en el Atlántico, empleándose como base de operaciones contra las costas españolas”.
Entre estos hierros, el almirante se vistió de gala, izó la bandera de combate –diez metros de largo por seis de ancho– y salió a embestir al barco enemigo que tenía más cerca, el Brooklyn. Embistió “mientras comía lentamente una galleta”, recordaría su hijo, a su lado. El objetivo era proteger a los otros barcos españoles mientras intentaban burlar el cerco, y el Infanta atrajo de golpe el fuego de toda la flota estadounidense. “En la escuadra de Cervera no hubo ni un solo desertor”, recuerda Cervera Fantoni.
“Los americanos no soltaron al Infanta frente a Cat Island. Fue el propio crucero el que cumplió con su obligación y aprovechó la tormenta para zafarse y autodestruirse”, afirma Cervera Arango. Como si el barco pudiera decidir su destino y el almirante, no. Un almirante que había sido condecorado por la Primera República y había incomodado por no callar ante la corrupción en el ejército. Tras la derrota, periodistas, congresistas y senadores estadounidenses le agradecieron el trato que había dado a los marinos enemigos. Y como la paradoja es un transatlántico insumergible, en los últimos años Santiago de Cuba y La Habana le han levantado monumentos mientras que Barcelona le ha retirado el nombre a su calle. La memoria sumergida.
Washington abandonó el barco embarrancado, y la Marina británica –las Bahamas eran suyas– decidió quedarse los restos. El cónsul estadounidense en Nassau protestó. Pero, al final, este metal implosionado no pertenece a ningún imperio. Solo al escualo que se desliza entre nosotros con mirada de registrador de la propiedad planetaria: los tiburones aparecieron doscientos millones de años antes que los dinosaurios.
Al último buque insignia no lo hundió ninguna escuadra enemiga. Todos los barcos tienen alma, y a esta la hundió el mar.
Un barco desguazado es un barco muerto. Un barco hundido nunca deja de navegar: esta es la historia de uno de ellos, el mítico Infanta María Teresa.
El viejo imperio español recibió la estocada final de un imperio adolescente, Estados Unidos, en la batalla del 3 de julio de 1898. Comandaba la escuadra española el almirante Pascual Cervera Topete, contrario al enfrentamiento. Ese día, al clarear, su hijo –teniente de navío– le oyó decir en cubierta: “Vamos al sacrificio, al desastre, o mejor dicho, vamos al cumplimiento del deber”.
Ese día, en Madrid lucía un sol espléndido y una espléndida indiferencia. Ese día, todos los barcos españoles que entraron en combate se hundieron frente a la costa de Santiago de Cuba. Y ahí siguen. Todos menos uno: el buque insignia de la escuadra, el Infanta María Teresa. Con Cervera al frente, este crucero de guerra quedó muy herido por los treinta y tres proyectiles que recibió de la escuadra estadounidense. Pero no se hundió.
Era el buque del almirante. El que abrió el fuego y el que más disparó. La presa más sublime para los estadounidenses, que lo intentaron remolcar hasta Norfolk. A la altura de Cat Island, por el canal viejo de Bahamas, una inesperada tormenta tropical obligó a los vencedores a soltar el crucero derrotado, que acabó a la deriva y hundido entre arrecifes. Y ahí quedó su trofeo, olvidado por todos. Implosionado, descansando a mil metros mar adentro de una costa deshabitada. Sumergido a una profundidad de entre medio metro y quince metros. Su intestino más cercano a la superficie es la boca de una caldera que, con el imperceptible mar de fondo, suelta de vez en cuando burbujas de aire... ¡El infanta respira!
El último buque insignia del imperio español parece el vientre de una vieja fábrica derramada entre arrecifes: fue construido en los astilleros bilbaínos del Nervión en 1890. Estos hierros son un mapamundi sumergido. Cuando flotaban, presenciaron la apertura del canal de Kiel en Alemania, asistieron a la inauguración del monumento al general Grant en Nueva York y participaron en la revista naval en honor a la reina Victoria en Inglaterra. “Todos los barcos tienen alma”, afirma Pascual Cervera Arango, bisnieto del almirante, una de las pocas personas que lo ha buceado. “Y los barcos de guerra tienen alma de guerra”, añade.
¿Qué alma de guerra tiene un barco que no quería ir a la guerra? A esa guerra. Bucear los restos del Infanta a pulmón es sentir la radical soledad que sintió su almirante. Salió del puerto de Santiago de Cuba a perder, y lo sabía. Era contrario al combate. A ese combate. “Salga V.E. inmediatamente”. Fue la última orden de combate que recibió de Madrid, y la orden, con toda su sequedad, sigue impregnando cada fragmento del pecio.
Ochenta y un marinos españoles murieron entre los hierros del Infanta la mañana del combate, y catorce acabarían muriendo días después. El almirante quedó herido. Un total de 357 hombres murieron en los seis buques de la escuadra de Cervera. Solo murió un marino estadounidense. Cuatro meses después, cuando se hundió en Cat Island, el buque era ya un ataúd vacío.
El almirante sabía que Cuba ya no era española. Sabía que, en el fondo, no son los ejércitos los que definen la posesión. “Me pregunto si es lícito callarme y hacerme solidario de aventuras que causarían la total ruina de España –escribió al ministro de Marina cuatro meses antes del combate–, y todo por defender una isla que fue nuestra y ya no nos pertenece, porque aun cuando no la perdiéramos de derecho con la guerra, la tenemos perdida de hecho”.
“Cervera no fue, como algunos piensan, pesimista, sino extremamente realista”, afirma Ángel Luis Cervera Fantoni, bisnieto del almirante, doctor en Historia y autor de El desastre del 98 y el fin del imperio español, el mejor y más documentado libro que se ha escrito sobre el almirante. “Era el único almirante de su época que había dirigido en dos astilleros, Tolón y Bilbao, la construcción de algunos de los buques más poderosos de la armada española –afirma–. Era el que mejor conocía las capacidades y también las debilidades de todos sus barcos. Y todo lo que predijo, desgraciadamente, se cumplió”.
El almirante también sabía que las Canarias estaban militarmente desprotegidas ante Estados Unidos. Cervera Fantoni rescata una carta también escrita al ministro de Marina dos meses antes de derrota donde el almirante advierte que sólo estaban seguras plazas como Santa Cruz o Las Palmas… “¿Lo está la isla Graciosa, por ejemplo? Pues si los yankees se apoderan de ella y fortifican el puerto del río, obtienen una base de operaciones para las que hagan contra España (…). Eso es imposible (al menos ahora) con la escuadra en Canarias, pero será inevitable con la escuadra destruida”.
Para Cervera Fantoni, “la prueba definitiva de ese temor planteado por Cervera no era un sueño: existían planes del Naval War College desde varios años atrás, y donde se contemplaba la conquista de las Canarias por la Escuadra Asiática en el Atlántico, empleándose como base de operaciones contra las costas españolas”.
Entre estos hierros, el almirante se vistió de gala, izó la bandera de combate –diez metros de largo por seis de ancho– y salió a embestir al barco enemigo que tenía más cerca, el Brooklyn. Embistió “mientras comía lentamente una galleta”, recordaría su hijo, a su lado. El objetivo era proteger a los otros barcos españoles mientras intentaban burlar el cerco, y el Infanta atrajo de golpe el fuego de toda la flota estadounidense. “En la escuadra de Cervera no hubo ni un solo desertor”, recuerda Cervera Fantoni.
“Los americanos no soltaron al Infanta frente a Cat Island. Fue el propio crucero el que cumplió con su obligación y aprovechó la tormenta para zafarse y autodestruirse”, afirma Cervera Arango. Como si el barco pudiera decidir su destino y el almirante, no. Un almirante que había sido condecorado por la Primera República y había incomodado por no callar ante la corrupción en el ejército. Tras la derrota, periodistas, congresistas y senadores estadounidenses le agradecieron el trato que había dado a los marinos enemigos. Y como la paradoja es un transatlántico insumergible, en los últimos años Santiago de Cuba y La Habana le han levantado monumentos mientras que Barcelona le ha retirado el nombre a su calle. La memoria sumergida.
Washington abandonó el barco embarrancado, y la Marina británica –las Bahamas eran suyas– decidió quedarse los restos. El cónsul estadounidense en Nassau protestó. Pero, al final, este metal implosionado no pertenece a ningún imperio. Solo al escualo que se desliza entre nosotros con mirada de registrador de la propiedad planetaria: los tiburones aparecieron doscientos millones de años antes que los dinosaurios.
Al último buque insignia no lo hundió ninguna escuadra enemiga. Todos los barcos tienen alma, y a esta la hundió el mar.
FOTOGRAFÍA: Guillermo Cervera / TEXTO: Plàcid Garcia-Planas
