Grietas

Luis Miguel Coloma

Ninguna realidad tiene la integridad garantizada. Ninguna materia es continua siempre. En su interior alberga el germen de su destrucción. La calma contiene el caos. La quietud, el quebranto. La paz el dolor. El hielo, lava. Y la piel, el tiempo. Del útero de la tierra nace la tensión que la quiebra y la lágrima que la nutre. Cuando no llora, su piel se seca y se cuartea.
En cualquier minuto se rompe el tiempo. Y el silencio. Por un punto cualquiera, un lado y otro se enfrentan. Dos imanes se dan la espalda y el suelo se abre, el mar se separa. La continuidad explora nuevos límites, se reinventa en una nueva realidad. Una existencia dual, diferente.
La ruptura avanza devorando el espacio. Muerde su superficie. Hay chasquidos y saltan lascas a su paso mientras se adentra en ella. Separa sus orillas, corta su carne. Hace brotar su llanto y su sangre. Como el agua, como el dolor, el quebranto continúa su curso. A veces, lo ves. Otras no.
La razón duerme, el monstruo crece. Su furia se hace más terrible. Paraliza la respiración y secuestra los sueños. Pisotea los colores que emanan de la tierra. Tiende sobre el mañana un manto de tristeza y desaliento. Amanece. ¿Seguirá ahí?
La materia se separa en dos planos. La herida genera abismos a ambos lados, pone en contacto dos mundos. Deja entrever que puede haber algo al otro lado. La posibilidad de otra existencia, de otra materia quizás aún infinita en su integridad. Quizás ésta también experimente el cataclismo, se quiebre y muestre otro mundo al otro lado. Quizás no lo haga nunca. Quizás no lo haga aún.