Mujeres sobre ruedas

YOLANDA PERALTA

En julio el Tour de Francia, una de las grandes competiciones del calendario internacional, volverá a ocupar las carreteras, las pantallas y el imaginario deportivo europeo. Esta emblemática ronda ciclista nos recordará una vez más el lugar central que ocupa la bicicleta en la cultura contemporánea. Poco después, en agosto, arrancará el Tour de Francia femenino, una competición que nos permite volver la mirada hacia una historia mucho más larga y más conflictiva: la de las mujeres que mucho antes de disputar etapas, ascender puertos o cruzar metas, tuvieron que defender algo tan elemental como su derecho a montar en bicicleta.
Porque para las mujeres pedalear no fue solo una práctica deportiva o una forma de ocio: fue también una conquista social, corporal y simbólica. A finales del siglo XIX subirse a una bicicleta implicaba desafiar las normas de género, ocupar el espacio público, cambiar la indumentaria y pedir una autonomía que durante mucho tiempo se les había negado. En una entrevista realizada por Nellie Bly y publicada en 1896 en el diario New York World, la feminista estadounidense Susan B. Anthony destacaba el importante papel que había jugado la bicicleta, y especialmente la práctica del ciclismo, en el proceso de emancipación de las mujeres. “La bicicleta —señalaba— ha hecho más por la emancipación de la mujer que ninguna otra cosa en el mundo. Me paro y me regocijo cada vez que veo a una mujer sobre ruedas. Le da una sensación de libertad y seguridad en sí misma. La hace sentir como si fuera independiente”. ¿Hasta qué punto estaba en lo cierto? A finales del siglo XIX, entre las mujeres de las clases acomodadas se extendió con éxito la práctica de deportes como el tenis, la esgrima, el golf o el ciclismo. La democratización del uso de la bicicleta se convirtió en un trastorno de las costumbres por varios motivos: la práctica del ciclismo por parte de las mujeres suponía acceder a un deporte reservado solo a los hombres, pero además simbolizaba una revolución en el vestir por el uso de prendas cómodas como el pantalón o la falda corta. En ese contexto no es de extrañar que se publicaran numerosos manuales dirigidos a todas aquellas que se iniciaban en el ciclismo, como Bicycling for Ladies (1896), de Maria E. Ward o Damas en bicicleta, de F. J. Erskine (1897), que ofrecían consejos sobre la indumentaria, la alimentación o las reparaciones de la bicicleta.
Un dibujo en las páginas del semanario británico The Illustrated Police News acompañaba una noticia sobre un incidente de una ciclista vestida con pantalón que tuvo que refugiarse en un café de París ante el acoso de los transeúntes. La imagen, fechada en 1897, refleja la hostilidad que podía despertar una mujer que simplemente se desplazaba en bicicleta vestida con una prenda considerada impropia. Y es que no todos vieron con buenos ojos ese “asalto femenino” a un deporte tradicionalmente masculino: salir a pedalear vestida con pantalones bombachos y enseñando las pantorrillas era una costumbre indecente propia de mujeres degeneradas, a las que en tono de burla se las bautizó como “el tercer sexo”. Los sectores contrarios al ciclismo femenino advertían de sus peligros contando con la prensa como uno de sus grandes aliados. Las páginas de los periódicos difundían opiniones médicas para disuadir y asustar a aquellas mujeres que osaran montar en bicicleta. La práctica del ciclismo dañaba la columna vertebral, afectaba al sistema respiratorio, estropeaba los órganos genitales, provocaba infertilidad y estimulaba los “comportamientos viciosos”. Estas afirmaciones se presentaban como respaldadas con argumentos científicos y médicos y avaladas por estudios como el titulado Bicyclette et organes génitaux (Bicicleta y órganos genitales) publicado en 1900. En él, el doctor Ludovic O’Followell señalaba que montar en bicicleta era perjudicial para las mujeres ya que provocaba en ellas una especie de masturbación deportiva que generaría un deseo sexual desmedido e incontrolable. Esta fuerte oposición social llegó incluso a generar la invención de enfermedades. Una de estas dolencias ficticias fue bautizada con el nombre de “cara de bicicleta”: quienes supuestamente la padecían mostraban expresión de cansancio, ojeras, rostro demacrado, ojos saltones y mandíbula tiesa. Pervertidas e inmorales, las “bicicleteras” eran vistas como un engendro burgués, la consecuencia directa y nefasta del proceso de masculinización de las mujeres. Esas féminas sobre ruedas con sus pantalones bombachos, los bloomers, eran una auténtica amenaza para el orden establecido: la bicicleta les daba la oportunidad de desechar la ropa incómoda y les proporcionaba libertad y autonomía para moverse.
Por eso, cuando hoy vemos a las ciclistas disputar grandes competiciones internacionales, hay que recordar que la presencia de las mujeres sobre la bicicleta no fue una concesión, sino una conquista. Antes de la épica deportiva, antes de los maillots, de las etapas y los podios, hubo muchas mujeres que tuvieron que enfrentarse al ridículo, al acoso, a la sospecha moral y a los discursos médicos que querían mantenerlas inmóviles. Montar en bicicleta fue para ellas una forma de avanzar. Avanzar sobre dos ruedas, pero también contra los límites impuestos a su cuerpo, a su ropa y a su libertad.