La luz intermitente
¡Allí brilla! ¡Allí brilla!
¡El faro!
¡Dios sea loado! ¡El faro!
Cuenta una tradición de principios del mil ochocientos, que a cuantos nacen en faros se le considera hijos del mar y que por lo tanto nunca podrán ahogarse.
Por aquel entonces la mayoría de los faros se alzaban en lugares tan remotos que los fareros vivían completamente aislados, y tan solo de tanto en tanto llegaba un barco correo con combustible, agua y provisiones.
En algunos diccionarios españoles la palabra “farero” ha sido sustituida por la más genérica de “torrero”, lo cual constituye un grave error, atribuible a un presuntuoso político con ínfulas intelectuales. Hace unos ochenta años dictaminó que “farero” se prestaba a confusión con “farolero”, por lo que decidió cambiar la denominación de tan sufridos funcionarios.
No tuvo en cuenta el muy menguado, que al igual que quien alquila una casa es el “casero” o el que alquila una torre es el “torrero”, torreros eran denominados también los colonos labradores de unas determinadas tierras.
Faro es una palabra exacta y precisa, y de igual modo “farero” determina sin el menor margen de error a aquel que cuida el faro.
Modernamente se habla de “aerofaros” y “radiofaros”, a nadie se le ha ocurrido bautizarlos como “aerotorres” o “radiotorres”, y debido a ello probablemente la mayoría de los fareros se sentirían muy satisfechos si se les devolviera su hermosa “denominación de origen”.
Cuentan que cuando uno murió de un infarto, la luz no se encendió y un barco naufragó. También cuentan las malas lenguas que se había quedado dormido, no encendió la luz y al día siguiente se suicidó al ver la playa sembrada de cadáveres.
Sea una u otra la versión exacta, lo que es cierto es que las vidas de miles de seres humanos dependen de “Aquel que enciende la luz”, que debe permanecer siempre en vela porque el destello que envía su lámpara suele ser el único rayo de esperanza de quienes se encuentran sumidos en las tinieblas.
Los faros constituyen el mejor ejemplo de la que significa la solidaridad del hombre con el hombre, y sorprende que ningún país luzca en su escudo la imagen de uno de ellos, cuando son tantos los que le deben gran parte de su gloria.
Lazo de unión entre el mar y la tierra, impalpable hilo que surca la oscuridad permitiendo que el marino se aferre a él y consiga salvarse cuando ya todo parece perdido, son millones los marinos que han muerto percibiendo su último destello, pero de igual modo son millones los que se han alejado del traidor arrecife gracias a ese mismo destello.
El verdadero mérito de la luz de un faro estriba en el hecho, que no se da en ninguna otra actividad, que de igual modo ilumina al amigo que al enemigo, al pescador que al pirata y al más humilde mercante que al más orgulloso acorazado.
Y es que en la oscuridad todas las naves son iguales, y de nada valen cañones o misiles cuando las rocas se ocultan bajo las olas.
Por mucho que se haya escrito acerca del océano nunca se ha conseguido expresar la magnitud de la angustia que se experimenta a la rueda del timón las noches en que se está esperando ver aparecer la luz de un faro ante la proa, pero esa luz no brilla.
Mil tétricos pensamientos cruzan por la mente y mil temores obligan a imaginar que tal vez se ha errado el rumbo, el faro se ha apagado o una niebla pegada a tierra impide la visión que tanto se está necesitando.
Entrecerrar los ojos aguzando la vista, contener el aliento, escuchar como el violento golpear del corazón acalla el ulular del viento en las jarcias y musitar en silencio una oración, es todo cuanto se puede hacer en los angustiosos momentos en que asalta la sensación de que se navega a ciegas, rumbo a la muerte.
Una ola eleva la nave hasta su cresta, luego llega el violento descenso, la proa se hunde en la base de una nueva ola, la botavara da un bandazo y todo sigue siendo tan tenebroso que el corazón se encoge y sobra pecho.
Es el mítico “miedo a la oscuridad” de la niñez, pero aumentado por la certeza de saber que no existe tierra bajo los pies.
Y de pronto apenas ese destello allá en el horizonte.
Tal vez no sea real sino tan solo la fosforescencia del agua que ha levantado la proa, pero casi al instante se repite y un hondo suspiro parece arrojar por la borda todos los temores.
¡Allí brilla! ¡Allí brilla!
¡El faro!
¡Dios sea loado! ¡El faro!
Se cuentan sus señales; tres seguidas, luego una pausa, dos más largas, nueva pausa y al consultar el “Libro de Faros” se comprueba que en efecto es el que se venía buscando.
Una carta marina marca su punto exacto o los escollos que acechan en sus proximidades, y al fin se respira tranquilo porque, curiosamente, en las oscuras noches de mar gruesa, el principal peligro no reside en ese mar, sino en la tierra.
Una vieja canción ballenera lo expresa con absoluta claridad:
“Marinero no le temas al mar, teme a la roca”
“Marinero no le temas al mar, teme a la roca”
“El mar mece tu cuerpo, la roca lo destroza”
“El mar mece tu cuerpo, la roca lo destroza”
“Mujer recuérdame en tu corazón y no en la boca”
“Mujer recuérdame en tu corazón y no en la boca”
“Que quiero descansar en el fondo y no en la costa”
“Que quiero descansar en el fondo y no en la costa”
Cada faro tiene una cadencia de destellos, lo que permite diferenciarle de cualquier otro sin margen de error.
Puede darse el caso de que un faro del Mediterráneo y otro del Mar de la China coincidan en esa cadencia, pero un marino que dude entre sí se encuentra en el Mediterráneo o en el Mar de la China no merece que ninguna nave lo mantenga a flote.
Ilustración: Fernando Barbarin
