La casa que emite mensajes

Myriam Ybot

Hay seres humanos que tienen una sensibilidad especial que los enraíza con sus entornos naturales, más allá de toda lógica científica. Personas que, abrazadas a un árbol, perciben con claridad el galopar de la savia en su interior, o el pálpito del tiempo en el volar de las aves. Personas que bucean entre peces y al zambullirse en los fondos marinos sienten su corazón abierto, su alma serena, su corporeidad diluida en un todo orgánico que conecta la vida material con los espíritus de quienes pasaron antes por allí…
Una mañana, el técnico de la Reserva de Biosfera de Lanzarote, Quino Miguélez, me situó frente a una de las ventanas sin vidrios de la Casa de los Arroyo, que apenas hacía unos meses había sido designada como sede de la entidad.
Desde dentro, enmarcado por la señorial carpintería se colaba el espectáculo de la marina de Arrecife con el puente de las Bolas y el Castillo de San Gabriel como indiscutibles protagonistas, arropados por el haz de los rayos solares refulgiendo sobre la lámina de agua, el fuerte perfume a salitre y el paseo de las gentes por la avenida, que a esa hora del día no soportaba mucho tráfico.
Y me dijo:
—Esta Casa emite mensajes.
Descendimos los peldaños centenarios que conectan las estancias de la parte alta con el patio y el zaguán y ya frente a la fachada litoral me mostró la sucesión arquitectónica levantada en esa primera línea.
—Mira, desde aquí podemos ver un inmueble del siglo XVIII, la Casa de los Arroyo; otro del siglo XIX, que operó como hospital y hoy es la oficina técnica de Arrecife; el antiguo Fórum Filatélico, levantado en el siglo XX y, finalmente, el no edificio, la pieza de suelo prevista para albergar la central de la Reserva y que, en este siglo XXI, en pleno tránsito al paradigma del decrecimiento, Ana y yo confiamos que nunca se construya.
Le miré con los ojos como platos y unas ganas enormes de abrazarlo.
Y me dijo:
—Escríbelo.


A Quino y Ana, con todo mi amor siempre

Un trueno como un disparo de cañón resonó en la bóveda de la tarde. La Casa de los Arroyo, que se había quedado adormilada durante el intenso bochorno vespertino, se estremeció de cimiento a tejados y sintió pinchazos en sus carpinterías exteriores. Aquella humedad iba a acabar con su salud, aunque, si le pedían su opinión, nunca renunciaría al espectáculo que se le ofrecía desde aquella primera línea de fachada, frente a la marina de Arrecife.
Entre relámpagos y estrépito de batucada la borrasca llegó hasta la ciudad y se instaló como una boina sobre los cielos de la isla, vertiendo el regalo de la anhelada lluvia.
La Casa notó enseguida cómo los marcos de sus ventanas y puertas, acostumbradas y resistentes a la maresía pero poco habituadas al jarreo de agua, absorbían el líquido y se hinchaban de placer. Le vendría bien aquella ducha para sacudirse la calima sahariana que, en su última batida, había cubierto hasta el último de sus pliegues centenarios como una segunda piel, provocándole una molesta picazón.
Era un edificio optimista. Desde aquel 1739, año de su nacimiento, había sorteado todo tipo de catástrofes, incluido el abandono arquitectónico y el desuso residencial, lo que la había afectado profundamente, porque, en su opinión, vaciar una casa de habitantes es como arrancarle el alma. El eco de las voces, el ruido de las pisadas, incluso las ambiciones y sueños de quienes entraban y salían, dejaban suspendido un rastro indeleble en la atmósfera de las estancias, que a la postre era el oxígeno para el vetusto inmueble.
Y, por supuesto, las vidas de los demás, estrechamente imbricadas entre sí, tejidas en una compleja red que trasladaba cada gesto y decisión individual por toda su superficie con resultados inciertos, dispares, impredecibles. Según su experiencia de siglos, ni siquiera mirar hacia atrás serviría para imaginar atisbos de un futuro dictado en buena parte por el azar.
Además ¡qué vertiginosa velocidad habían alcanzado los tiempos!
Desde su privilegiada tribuna frente al primer puerto de Arrecife, la Casa había sido, velis nolis, testigo de numerosos asaltos piratas, del cargamento de toneladas de productos para la exportación, de las últimas erupciones volcánicas, de la llegada del turismo, y de cómo, al modo de un guijarro lanzado al Charco de San Ginés, cada hecho histórico generaba una serie de ondas concéntricas que se expandían hasta alcanzar el último rincón de la isla.
Había sido telón de fondo feliz de los rituales de galanteo por el muelle, del paso de los camellos cargados de hortalizas y verduras desde los campos del interior camino de la Recova, o del júbilo con el que la población acogió la instalación del kiosco de la música, en el parque cercano. A la hora de la siesta, cuando la ciudad dormía arropada por el calor del aire detenido, se deleitaba con los recuerdos conservados en los aposentos de su memoria.
Evocaba la caricia del alisio colándose por sus ventanas, recorriendo las viejas alcobas y barriendo el jable de los peldaños de la añeja escalera; el perfume de la bruma, a veces limpio y cristalino, y otras, denso, turbio, empastado con el olor a sardina o a verdín seco de las orillas a marea baja.
Pese al impenitente avanzar del reloj, también la cubierta celeste se comportaba invariablemente como la obra de una adolescente caprichosa con una paleta de acuarelas: vestida de blanco como sábanas oreando, incendiada en ocres y encarnados, virada al violeta. Y a la noche, transformada en una verbena de luces sobre un manto de un intenso azul pavo real.
Luego vendrían los carruajes y los coches, cada vez más; y su curiosidad inicial dio paso al desagrado por la herida del hollín sobre sus muros encalados o el estruendo de los motores, imponiéndose al graznido de las gaviotas y al golpeteo de las olas contra la piedra negra del puente de Las Bolas.
La Casa lo había hablado en varias ocasiones (sin alcanzar acuerdo, todo sea dicho) con su vecino Fórum Filatélico, un edificio del siglo XX nativo del desarrollismo, cuya juvenil despreocupación la ponía un poco nerviosa. Ignorante y desparpajado, era indiscutible que estaba hecho de otros materiales, más cuando la acusaba de estar en contra del progreso. Su cerril tozudez la hizo sospechar que sentía celos de su sabiduría de siglos y de la manera en que se mantenía erguida y sin grietas aparentes… ¡Si supiera de los quejidos de sus pisos a cada cambio de estación, de los humores que ascendían de sus entrañas tras la lluvia o del peso de las visitas sobre su ajado esqueleto! Pero en ningún caso estaría dispuesta a confesar sus intimidades a semejante imberbe.
Dos fincas más allá, el hospital de Dolores —como siempre le llamaría aunque hubiera sido rebautizado en varias ocasiones—, solía convenir con ella en estos debates; seguramente porque, aunque los separaba una pila de años, a su nacimiento la isla aún no había entrado en el caos de los felices siglos veinte, y buena parte de sus días habían transcurrido en un ritmo pausado, casi monótono, inalterable como el paso del agua bajo los ojos del Puente. En sus vistazos atrás, por los acontecimientos vividos y la perspectiva compartida, se sentían casi coetáneos.
¡Qué alegría sintió la Casa cuando, por los retazos de conversaciones de sus pobladores, dedujo que en sus inmediaciones se estaba construyendo un dispensario! Sus orígenes señoriales o su pertenencia a la aristocracia más poderosa de la isla no la hacían inmune al dolor y a la enfermedad de los seres humanos, especialmente de los más humildes. Además, estaría bien contar con un vecino con quien charlar durante las largas jornadas del estío, cuando ni una leve brisa salía de paseo ante su fachada.
Hospital era buen conversador, además de generoso y solidario. No en vano acogió en sus tripas mucha aflicción y mucho consuelo, mucho sufrimiento y mucha alegría, toneladas de esperanza e idénticas cantidades de entrega a los demás de las monjas y doctores. Y eso, claro está, deja huella en cualquier estructura. Sus anécdotas sobre aquel tiempo de penurias y de resiliencia parecían no tener fin.
También había sufrido cambios de uso, como el resto, y nada que objetar por su parte, siempre que se le dispensaran los cuidados correspondientes. Una obra no tiene edad de jubilación, más allá de la que marquen las cuotas de atención que reciba y el valor que se dé a sus méritos y a su historia.
Aquel colectivo vecinal del frente marítimo, la Casa, el Hospital y el Fórum, elevado cada cual en tres centurias consecutivas, se completó en el siglo XXI con lo que los más viejos dieron en llamar “el edificio fantasma”; eso sí, en tono cariñoso, por chinchar al terreno más que por otra cosa.
Cuando llegó a sus oídos que el solar colindante, que antes alojó a la muy reservada y distante Comisaría Nacional, albergaría una construcción moderna para sede de la Reserva de la Biosfera, estallaron de alegría. ¡Por fin un poco de emoción en sus rutinas! ¿Sería una belleza llena de elementos decorativos, engalanada como una reina? ¿O más bien un inmueble sobrio, austero, pero lleno de habilidades bioclimáticas? ¿De qué materiales estarían hechos sus sueños? ¿Qué seres lo habitarían?
Con la imaginación desbordada, trataron de imaginar el resultado del concurso arquitectónico… ¡Un concurso! Aquello eran palabras mayores. Sin duda Sede, su nueva compañera, no les dejaría indiferentes.
El más exaltado con la noticia fue Fórum, que contaba con disponer de un aliado en las conversaciones más encendidas. Estaba más que harto de defenderse solo, de dar la batalla por su siglo, ciertamente marcado por la desigualdad, el individualismo, el ejercicio indecente del poder, la presión del ser humano sobre el territorio… Y, especialmente, después de conocerse la estafa millonaria diseñada por la empresa que le dio nombre. Él fue apenas el envoltorio, un testigo escandalizado pero mudo, incapaz de dar un portazo a la trampa y a la mentira que circulaban como un olor nauseabundo por su interior.
Pero alegaba que el 1900 trajo en la mochila buenas nuevas, el anuncio de una centuria henchida de cambios, pletórica de progreso, el fin definitivo de un hambre y una sed que parecían imperecederas, cronificadas en aquel peñasco atlántico. Defensor a ultranza del turismo como motor económico, no escondía su deuda de gratitud con aquellas divisas que crearon riqueza local y facilitaron su implantación como albergue de un negocio que llenó sus habitaciones de emocionadas expectativas. Aunque luego, vaya, quién lo iba a imaginar…
Nadie le quitaría, empero, su posición privilegiada en el trazado urbano, la visión del amanecer estallando cada mañana ante su fachada, las voces alborozadas de la corriente de cruceristas al descubrir la fortaleza de San Gabriel sobre su lecho de jable, el Puente de las Bolas, la inmensa bahía con sus bajas y sus espumas. Con el tiempo —elucubraba— llegaría a ser un ejemplo singular de su cultura y su época, gracias a la regular geometría de su factura y a las tres alturas que le permitían mirar a Casa por encima del hombro, cuando le molestaba su tonillo sabelotodo.
Hospital, gracias al conocimiento otorgado por sus actuales funciones de Oficina Técnica, fiscal y vigilante de la normativa urbanística de la ciudad, le chivó a Casa que la intensa transformación cosmética aplicada sobre Fórum por la nueva propiedad, que eliminó las carpinterías de madera, ensanchó los ventanales y abrió puertas acristaladas a la avenida, podría haber acabado con sus ilusiones de inmortalidad entre los hitos arquitectónicos de Arrecife. Pero se guardaría bien de aguarle la fiesta al pobre.
Sobre Sede también mantenían animados diálogos los inmuebles más ancianos, preocupados por su destino. Más de una larga década había transcurrido desde que se anunciara el ganador del concurso de ideas para su construcción, en 2015. Y salvo la limpieza y adecuación de la pieza de suelo un año después, iniciativa que siguieron con mucho interés, su nacimiento seguía paralizado, en una gestación perpetua. Tanto que hasta la juguetona personalidad del edificio fantasma parecía haberse amoldado a la perfección a ese estado de incertidumbre y transitoriedad entre parcela y oficina, entre presente y futuro, entre la solidez material y la evanescencia del sueño que una vez fue.