El barco fantasma

FRANCIS PÉREZ / MARIO M. RELAÑO

Hace más de veinte años, el barco Estrella del Norte desapareció sin dejar rastro mientras navegaba rumbo a las costas del mar Caribe. Nunca se volvió a saber de sus ocupantes ni se encontró la embarcación, y jamás nadie pudo dar explicaciones sobre lo ocurrido aquel fatídico día.
Una mañana, tras una tormenta, apareció en la costa una mujer desorientada. Clara, que en esos momentos hacía deporte en la playa, se percató de su presencia y al acercarse, le preguntó qué le ocurría. La mujer dijo ser una pasajera del barco desaparecido. Tras avisar a las autoridades, la identificaron a través de fotos de la época que se conservaban en el archivo de comisaría. La sorpresa fue que no había envejecido ni un solo día.
La familia acudió en cuanto fue avisada y la hija, que hoy aparentaba tener la misma edad que tenía su madre entonces, la reconoció y lloró abrazada a ella.
La mujer, que no entendía nada de lo que ocurría a su alrededor ni reconocía a esa hija que la abrazaba, insistía una y otra vez que ella estaba navegando, que nunca había desaparecido y que el mar… no les dejaba ir. Nadie la entendió y le preguntaron por el resto de pasajeros. –Ellos continúan navegando –volvió a decir.
Desde que encontró a la señora, Clara vivía obsesionada con el caso. Las noches comenzaron a llenarse de sueños sobre el barco, algunos demasiado reales. Una noche, al mirar al horizonte sentada en la orilla del mar, creyó ver las luces de ese barco… acercándose. El barco no terminaba de llegar a la costa. La nave se limitaba a girar sobre sí misma, describiendo círculos interminables sobre el agua. De fondo, se oían gritos entremezclados con el sonido del mar chocando con el casco de la embarcación.
Le asustó cuando la mujer que ella encontró habló. Estaba sentada a su lado y dijo: ahí están gritando. El mar no les deja ir. —Y tú —preguntó Clara— ¿cómo lograste salir?
—El mar retiene a quienes luchan contra él —comenzó a contar la mujer—. No había ninguna lógica para ello, o así lo creía yo antes. Un día comprendí su lógica y dejé de huir. Fue entonces cuando, al despertar después de una noche de pesadillas, el mar me había depositado en la costa. Fue el propio mar el que me dejó salir. El mar nunca toma sin devolver algo y conserva a quienes se aferran al pasado. Yo creía que el mar era cruel, pero más tarde entendí que el error es resistirse como si fuera un enemigo. El mar no castiga: reclama.
Los gritos se seguían sintiendo lejanos. Las luces del barco se fueron difuminando con la niebla mientras se alejaba. Así, hasta que todo calló y la oscuridad lo volvió a envolver todo.
Cada noche, durante los años que vivió Clara, y fueron muchos, el barco hizo amagos de llegar a la costa, pero cada una de las veces describió círculos y volvió a desaparecer entre lamentos lejanos.