Nº 27

Fernando Barbarin

QUESO

 
Me cuenta mi vecino Patricio que recientemente recibió la inquietante visita de un pequeño roedor. Al parecer, el incómodo huésped no tenía la menor intención de abandonar su nueva morada, así que ante este hecho decidió dar caza al diminuto okupa colocando el tradicional cepo. Hasta aquí la historia no tendría mayor interés sino fuera porque la misma mañana de su ajusticiamiento el intruso yacía sin vida ante la perpleja mirada de Nahuel, su hijo. Lo observó tan petrificado que hasta a las lágrimas les resultó imposible abrirse camino hacia los ojos. Tras unos minutos, Nahuel continuaba tan inmóvil como la víctima. 
 
Durante la escena el niño mantuvo el puño cerrado con tanta fuerza que sus dedos se resistieron cuando quiso abrirlos. Luego miró detenidamente en su interior como quien recuenta monedas, pero se trataba de algo más valioso que el vil metal; cerró nuevamente el puño y salió despavorido en dirección a la habitación de sus padres, irrumpió sobresaltándolos mientras aproximaba su puño a la cama para mostrar su contenido. Pero Patricio no necesitó mirar lo que ese muñoncito custodiaba, un hueco visible entre el blanco alineamiento de sus dientes lo anunciaba. Entonces sí, en ese preciso instante el niño rompió a llorar, lloró con la fuerza que da la impotencia y la incomprensión, lloró como cuando se llora con motivo, lloró intercalando ininteligibles preguntas ahogadas entre lágrimas, mocos y babas.
 
¿Y por qué? 
Ese es el incansable grito de guerra con el que los niños hacen tambalear la paciencia de los adultos.
Muchos de los interrogantes se zanjan con los clásicos y autoritarios ¡por que sí!, ¡porque no! o ¡porque lo digo yo! Lamentablemente esas mismas respuestas, pero maquilladas, las encontrarán a lo largo de sus vidas.
 
Uno no deja de ser niño para ser adulto, aun siendo adulto, otros adultos nos siguen tratando como a niños. 
 
Siendo así, ¿por qué? ya no preguntamos tanto ¿por qué?, me pregunto yo. Quizás nos asuste preguntar o sencillamente no queramos saber las respuestas. 
 
¿Por qué se puede creer en Dios y no en el Ratoncito Pérez?
 
¿Por qué ya no preguntamos? O peor, ¿por qué no contestamos a quienes desprecian y cuestionan nuestras preguntas? 
 
¡Porque sí!