JORGE PLAZA

ARRECIFE. MAR DE FONDO

Demasiado tranquila, demasiado difunta,
demasiado en ti misma, demasiado callada,
demasiado en silencio… ¿concentrada?
¿pensando? Y en qué piensas. Contesta a mi pregunta.
Vamos dime… entiendo… te sientes presionada…
y esta calma tuya ¿qué demonios barrunta?

Ahora te oigo. Del silencio despunta
el mar que mece apenas esas barcas varadas,
el mar que avanza y rompe contra aquellos pedruscos,
pedruscos que se erigen después en fortaleza
que guarda tu silencio de una incursión corsaria.

En silencio pareces piedra viva, molusco,
callada como un monje que ajeno a todo reza
al Dios del mar, las garzas, la tierra y la araucaria.

AEROHABITAT, PISO 21. ARGEL

Sopla del mar desnuda e indecisa,
recorriendo mareas y oleajes
con el olor de redes y de anclajes
y de tanzas y anzuelos que requisa.

Que requisa de todo el cabotaje
que en las costas de África divisa.
Trae un olor a algas esta brisa,
trae un rumor a olas de sus viajes.

Viene del mar, penetra en la bahía,
se adentra por el muelle hasta atracar
y pisa temblorosa tierra firme.

Luego llega a mi casa y te hago mía.
Brisa a brisa te olí. Hueles a mar.

…y me dejé embriagar sin resistirme.

 

SIN TÍTULO

Te cuento a renglón seguido
cómo anda tu ciudad.
Vas a ver con claridad
cómo desde que te has ido
no todo se ha mantenido
tal y como lo dejaste.
Pues después que te ausentaste
de tu hermosa Gran Canaria
esta ciudad portuaria
acusa un mayor desgaste.

Lo más notable: tu ausencia.
Después la luz que cansina
se la ve por las esquinas
como con otra presencia.
Ajada y sin la vehemencia
a que nos tiene acostumbrados
se la ve por los tejados
remolona como un gato.
Mirándola creo a ratos
que alguien le falta a su lado.

Y después cuando atardece
y la luz al fin se marcha
arriba el cielo se escarcha
poco a poco y se ennegrece.
Cuatro estrellas como peces
y gordas como aceitunas
salen solas sin la luna.
Pues dicen que se esfumó
tan pronto como escuchó
que te ibas a La Laguna.

Desde el Risco de San Juan
las vistas sí son las mismas.
Aunque con otro carisma
al frente ahí sigue el mar.
Por aquí se viene a echar
casi a los pies de Vegueta,
y justo allá por la Isleta
la ciudad parece anclada
como una barca oxidada
y temerariamente quieta.

Azoteas y edificios
verdes ficus y palmeras
se apilan en las laderas
de este volcán “sin servicio”.
Se cuela por los resquicios
de la ciudad siempre el mar,
y así logró azular
por su templete la planta
tan negra en que se levanta
colosa la catedral.