
1 − El protocolo era sencillo y conocido por todos: había que fingir naturalidad y desenvoltura. Todo el mundo lo sabía y todo el mundo lo hacía, de tal suerte que si (váyase a saber por qué) llegaras a sentirte tan cómodo como para mostrar verdadera naturalidad, tenías que fingir que fingías naturalidad; esto también formaba parte del protocolo.
2 − No fingir que fingías naturalidad era una grave ofensa para los que fingían: denotaba soberbia e hipervaloración propia, era considerado como un intento de destacar, de someter, una libertad imperdonable que, si se perdonaba, era tan sólo porque no perdonar iba en contra del protocolo; el protocolo era sabio y justo.
3 − El protocolo velaba por nosotros, estaba ideado por y para nuestra plenitud, nos protegía de nosotros mismos; se podía decir que la tierra seguía girando gracias al protocolo, era una exageración protocolaria. No sentirse pleno era esencialmente antiprotocolario, pero era mucho peor manifestarlo, algo casi inverosímil que amenazaba la estabilidad del sistema.
4 − El protocolo se remontaba a tiempos inmemoriales, en los que no convenía pensar; en realidad siempre había existido. Fue ideado a partir de la obligatoriedad de acatarlo, de modo que era fácil de entender para todos. Pensar en el protocolo era bastante antiprotocolario; en realidad pensar era antiprotocolario, sin embargo se estimaba la inteligencia, o al menos oficialmente.
5 − El protocolo era la cosa más natural del mundo, nadie ponía en duda su autoridad y valía: huelga decir que ponerla en duda no era protocolario. Todo el mundo cumplía el protocolo: incumplirlo era lo más antiprotocolario, pues los que lo cumplían se veían obligados a odiarte, lo cual iba en contra del protocolo.
6 − Todo aquél que incumplía el protocolo era sistemáticamente marginado: sus amigos le daban la espalda, era desheredado por su familia, su esposa empezaba a acostarse con el cartero, los vecinos dejaban de prestarle sal y aceite y le negaban el saludo, sus enemigos empezaban a saludarle, los niños le señalaban por la calle− con el dedo índice− y reían cruelmente, sin piedad. Ser humillado no era antiprotocolario, pero tenía todas las pintas de ser doloroso. Marginar y humillar era antiprotocolario; era más correcto educar o instruir.
7 − El protocolo no dejaba cabos sueltos; cualquier fallo que se le encontrase tenía que ser necesariamente un error de interpretación, un error humano. Interpretar era antiprotocolario, acatar era más correcto. Los errores no eran antiprotocolarios pero estaban mal vistos.
8 − No existía, en realidad, el susodicho protocolo. No era antiprotocolario hablar del protocolo, pero hablar de cosas que no existen era un agudo síntoma de enajenación mental. Según los enajenados, el protocolo sostenía que enajenado es aquella persona inconsciente de la consecuencia de sus actos. Hablar del protocolo siendo consciente de que ello conllevaba a ser tildado de enajenado te eximía de la definición de enajenado de los enajenados, pero era antiprotocolario. El desconocimiento o la negación de unas normas imperantes que ciertamente no existían no te eximía de la culpabilidad de incumplir el protocolo.
9 − Conceptos como paz y armonía eran redundantes e indecorosos por carecer de antónimos a un nivel práctico y real; el dolor no era antiprotocolario, pero era absurdo: ¿quién en su sano juicio habría de encontrar motivo alguno para la desdicha? La infelicidad, que en realidad no existía, era un síntoma de enajenación, pero no era antiprotocolaria si el sujeto era consciente y reconocía su locura.
10 − Virtud e inteligencia no eran antiprotocolarias, pero eran poco frecuentes. No había instrucciones precisas al respecto de la moral y la ética: el bien y el mal eran susceptibles de interpretaciones personales, que para algo las personas eran libres. La justicia, en consecuencia, estaba sujeta a intereses y parcialidades individuales, conformando un complejo compendio de leyes intrínsecas sutiles que se contradecían allí donde lo que a uno le convenía al otro no: esto también formaba parte del protocolo; el protocolo se respiraba por todos los poros. Cumplir el protocolo no exigía bondad, pero violarlo era señal inequívoca de maldad y vileza.
11 − Mostrar los sentimientos era de mal gusto; ocultar, empero, era antiprotocolario. Amor, por ser antónimo de odio, que era antiprotocolario, era, no ya una virtud, sino algo ostensible, evidente, que se movía por doquier; el protocolo todo estaba lleno de amor.
12 − El aspecto teológico se constreñía al concepto de que el ser humano, al estar hecho a imagen y semejanza de Dios, poseía potestad divina, lo que quería decir que, en rigor, el protocolo era obra de Dios.
0 − El protocolo se retroalimentaba con el protocolo: así había sido siempre, así seguiría siendo, así tenía que ser. El planeta seguía girando...
Txomin Pascual
El viento; la playa otra vez, una gaviota, un adiós, el viento; una ola, la caracola que te enseñé, el viento; un hasta luego mejor, otra ola, una sonrisa, me la guardo en el bolsillo, los pies llenos de arena, el viento; la caracola es para ti. Las manos frías, el aire salado, me quedo también con aquella mirada, si te parece bien, la voy a atar para que no se la lleve. El viento.
El día que fondeó en la bahía el barco azul fue una sorpresa para todos, pues nadie lo había visto acercarse. La gente que andaba por el muelle vio cómo comenzaron a brotar de la nada unos mástiles. Realmente lo que ocurría es que el barco que era del color del mar y el cielo realizó la maniobra de arriar las velas que también era del color del mar y el cielo, dejando al descubierto sus tres mástiles de samanguila.
Si hubiera sido un buque de guerra nos tranca a todos, dijo Ezequiel Gutiérrez, el relojero, que admiraba la disciplina del enemigo, cualquiera que fuese, y criticaba la indolencia del ejército de lo que él llamaba la patria. En el puerto nadie conocía la palabra patria, sólo él la decía, además la decía a cada momento y para cualquier cosa. La gente llegó a entender que el palabro era una especie de comodín que podía usarse para todo, por ejemplo: Me duele la barriga más que la patria, o, el que tuvo más patria que la puñeta fue Edelmiro que le salieron todos los hijos buenos. Lo más raro que yo particularmente he oído es: Hoy me duele la patria, dicho con aire grave y sin tocarse ninguna parte del cuerpo, sólo una mirada extraña como somnolienta. Un día un conferenciante que estuvo en el Casino habló sobre la patria y casi todos los que estaban congregados comenzaron a reír, pues pensaron que se había encontrado con Ezequiel Gutiérrez y que éste le había dado la lata con su traquina. El caso es que desde ese día la gente tuvo mayor confusión respecto a la palabra, el hombre había dicho palabras más incomprensibles aún para explicar lo de patria y todo el mundo salió del acto convencido de que ‘patria’ es algo muy extraño y, sobre todo, algo que tiene que ver más con los ricos que con los pobres. Sin embargo, la gente siguió usándola de comodín, hace poco escuché a una señora en la tienda de los Pérez, refiriéndose a la presencia de una naranja tocada que el dependiente había puesto en la balanza con otras: Esa no, que está un poco patria.
Del barco azul se acercó al muellito un lanchón del que saltó a tierra una docena de hombres rubios y sanos y una mujer gruesa con los labios pintados como una banderita de fiesta. Como tenía el pelo teñido de añil, maestro Ramón, el ebanista, la llamó doña Anilina.
La comitiva foránea usando el arte de las manos preguntó por la iglesia y hasta allí fueron acompañados los rubios y doña Anilina por una comparsa de los nuestros, realmente todos los que estaban en la calle, unos cincuenta o sesenta, hablando todos al mismo tiempo. Una procesión de costaleros de la palabra.
El cura, don Serapio, salió a recibirles, pues alguien había avanzado por los callejones para advertirle, así que cuando llegaron pudo ejercer sin problemas el arte de la adivinación, dejando perplejos a los extranjeros. Los rubios estuvieron hablando con él, dicen que en latín. Luego él mismo, tras entrar y salir rápidamente de la casa parroquial, salió con un pequeño bolso negro y acompañó a los rubios, sin decir palabra, hasta la lancha y se embarcó con ellos.
Desde el muellito la gente observó la lancha hasta llegar al barco azul y vio cómo don Serapio trepó hasta la cubierta. Se oyeron repiques de campana y murmullos, como cantos, de gentes en el barco, luego, pasada una media hora, un bulto cayó al agua y se hundió. Al poco el cura volvió a la lancha y fue traído a la escalinata del muellito. Se despidió de los rubios, esta vez no venía doña Anilina, y como en una misa de campamento se dirigió a los presentes:
–No ocurre nada, sólo han venido a dar cristiana sepultura a un ángel. Así que ya lo saben: durante cinco años no podrán echar nasas ni tender artes, allí donde ha sido sumergido el muerto. Nadie puede obstaculizar su llegada al reino de Dios.
Se oyó un agudo pitido de maniobra y todos miraron hacia el barco del que iba desapareciendo los mástiles y todo él en un instante, sin que la gente supiera que rumbo tomó.
–Padre, ¿porqué la señora tenía el pelo azul?, logró preguntar Roberto García, que no hacía preguntas que no tuvieran doble intención y que, por propio mérito, era jodelón y malo como carne pescuezo, a lo que el cura contestó: «no tengo ni idea, ahora, eso sí, una cosa tengo claro: yo no soy su padre». Con lo que todos rieron y se fueron a sus cosas.
Félix Hormiga
* Fragmento extraído del relato “MI casa”

Esta vez dejó que me entretuviese entre sus ondas, que me envolviera su espuma; me dejo estar allí en el momento en que abrazaba al sol y el cielo se volvía rojo y él cada vez más plata, cada vez más profundo, cada vez más yo. No siempre me dejaba.
Lo había tocado muchas veces, cuando solamente era un mineral líquido, frío en mi piel; lo había probado, cuando lo dejaba alojarse en mí, sin querer, salado, en la punta de la lengua; lo había olido, cuando invadía el aire y ponía una tormenta como excusa para volar y posarse sobre la tierra árida, culpando al viento de su malestar; lo había escuchado, de mil maneras diferentes, estar ahí, arrastrándose e inundando la orilla, siendo inmenso a lo lejos o sordo y extraño cuando me encontraba dentro de él, envolviendo la Tierra, envolviéndolo todo. Lo había sentido de muchas maneras, pero esta vez era diferente, había algo extraño.
Lo vi entonces, mientras andaba distraída junto a la orilla.
De mediana estatura y un poco rechoncho. Alguien con unas cuantas cicatrices de esas que sólo sabe hacer el tiempo. Arrugas que aparecían sobre una piel no excesivamente curtida, en el poco espacio que quedaba al descubierto entre su poblada y blanca barba y unas gafas de sol oscuras, como de aviador. Estaban hechas de sonrisas, de llanto, de haber contemplado muchos amaneceres y puestas de sol, hechas de tiempo. Su pomposa cabellera blanca imitaba la espuma del mar, rebelde y rizada sobresalía por debajo de un sombrero negro uniéndose por delante de las orejas con la barba.
El conjunto era, cuanto menos, curioso. ¿Qué escondería? Sin duda sería un continente acogedor donde deberían haber anidado y madurado infinitud de aprendizajes, experiencias …o eso quería creer yo. Cuando nos lo encontramos, el mar fingía ser inerte, calmado, autista. Yo, como digo, paseaba de su mano.
El señor de pelo blanco debió notar que me quedé mirándole, debió sentirse observado porque desde donde se encontraba, sentado en el soco de una casa, al abrigo del viento y al resguardo del sol, de un brinco se puso en pie y me miró. Sólo me observó a mí, a la presencia del mar ya se había acostumbrado.
Se acercó, despacio, con las manos en la espalda, tranquilo.
–¿Te sorprendes?– Me dijo. No pude articular palabra. Y soltó una carcajada sonora. Entonces, me miró por encima de sus gafas, agachando un poco la cabeza y elevando las cejas. Sus ojos eran de un azul claro intenso
que no me esperaba, con manchitas más oscuras en el iris y pupilas pequeñas, había mucha luz. Resaltaban entre todo aquel marco de pelo blanco; nunca había visto una mirada así.
–No me mires a mí, míralo a él.– Me dijo mirando al mar con un gesto de cabeza, sin apartar sus manos entrelazadas de la espalda, como con indiferencia. –¿Cómo lo ves hoy?– Él es el lienzo donde dibujas tus anhelos, donde se proyectan tus dudas y tus miedos, tus ilusiones, tu amor …eres un ser evolutivo, en cuya perfección está el cambio, lo ves en cada momento de manera diferente porque lo interpretas según los patrones e influencias de tu mente. Son formas no sostenibles, porque tú no eres sostenible en el tiempo, debe ser así. El entorno te transforma y entonces tú vuelcas en él un modo de interpretarlo, un diseño que no se libra de tus ideas preconcebidas.
Mientras hablaba, los dos mirábamos al horizonte, luego, se hizo un silencio y una racha de viento puso un mechón de pelo sobre mis ojos, mientras lo apartaba, me volví para buscarlo; ya no estaba. Juraría que esa imagen existió, al menos lo hizo en mi cabeza, tal vez, fue sólo un fruto más de la mente.
Y me dejó ahí el señor misterioso, de nuevo entretenida en el mar … ¿O eran una misma cosa?
Esta vez no era frío, ni salado, ni inmenso, ni profundo, era todo eso a la vez, no era nada, era yo. Lo percibía de manera extraña, sin sentidos, sin piel, sólo con ideas, todas mezcladas, sin identidad. Entonces entendí, pude ver que mi percepción anterior estaba hecha de retazos, de maneras de interpretar. Él siempre había sido el mismo, inmutable.
Así me abrazó de nuevo, vagando, libre de interpretaciones, dejándolo ser él y yo, procurando simplemente contemplarlo.
* Gracias a Boro y a su hermano por habernos hablado, por servirme de inspiración
ROSA ELENA BRITO

¡Qué más da si un momento ya no está!
¡Qué defender si voy a morir!
...amar y asumir
...aceptar lo que es
Existir
Ser
Mirar y no ver,
hablar y no decir,
sentir y no querer.
¿Qué ganar?
¿Qué perder?
¡Sin miedo a morir!
¡Sin miedo a vivir!
Quiero ser mar y habitar la libertad del estar por estar,
del sentir el vivir, de la alegría en sí.
Hermano, mi rostro en tu mano,
he aquí tu espejo, tu reflejo.
Tus ojos, que inmensidad para mirar y ver al ser que
habita en él.
Tu piel, fiel reflejo del viaje,
tras viaje de aprendizaje que hace que te veas bien.
Tu mente, que no miente porque hay alguien
que observa consciente y sabe
que sabes que así no es ser.
Sol y Luna
Tierra y Mar
Sombra y Luz
Soy nada más que soy,
de la nada vengo a la nada voy.
Reconozco el abrazo,
reconozco la fuerza de lo que es–eres–soy.
Despliega las alas y vuela,
vuela alto hacia ningún lugar,
vuela, no importa donde...
vuela...
El viento susurra en mí
que me deje llevar por ti.
Despliega las alas y vuela,
y me cuenta, la libertad está aquí, en ti.
Siéntate, vívete, muévete, déjate renacer,
ponte alas y vuela,
no importa donde.
Vuela, vuela... puedes volar hacia ningún lugar,
allí estaré, te esperaré.
Me entrego a ti,
me entrego a mí,
me doy a mí,
te doy a ti,
me siento, te siento, me abrazo, te abrazo.
Sé que estás aquí, siempre a sido así.
Te busco y te encuentro,
te siento y te pienso,
te canto, me cantas, te danzo, me danzas,
te mueves en mí, Amor,
gracias por estar aquí.
El aire huele a tí.
Respiro tu esencia,
tu aliento me llega
y entiendo que vivo la entrega.
Esa luz eres tú, puntito de conciencia.
Luz que vuela a donde quiera, infinita
sin límite, en ti está, contigo va.
¡Despliega las alas y vuela!.
Eva Estua
… y el agua.
Una vez, en algún tiempo, tuve la suerte de escuchar esta conversación:
–¿Dices, que fuiste color, entonces?, ¿y antes?, ¿a qué te dedicabas?, ¿a ser persona y consolarte con la rutina? ¿durante cuánto tiempo dejaste abandonada tu alma?, ¿con qué la alimentabas a ella si ignorabas su existencia?. Ya veo, te conformabas con que habitara en ti esa paz engañosa pero cómoda que encubre con la ocupación las inquietudes inherentes al ser humano, anulando el sentido de su existencia. La rutina es el placebo de las masas. Pobre especie la humana…
–No… espera, tampoco es así, tengo un cuerpo material por el cual responder, no puedo andar siempre navegando por la isla de los sueños…
–Les he observado desde siempre… a lo largo de la evolución y temía que este momento llegara. ¿No te das cuenta?, la vida terrenal ha alienado tu verdadero yo, ha desterrado de tu cuerpo el sentido real de tu existencia desde hace tanto tiempo que ya hasta ignoras la posibilidad de tenerlo, ¿para qué quieres así un cuerpo?. Éste debe servirte de nexo entre las posibilidades que te brinda tu mente en lo irracional e inaprensible, y entre la vida terrenal, para que ambas formas convivan y se beneficien la una de la otra. Tu cuerpo es la puerta que tienen lo extraterrenal y el mundo físico para poder comunicarse. Si tú te quedas en uno de ellos, éste se empobrecerá y el otro morirá en el olvido. Sólo conviviendo podrán ambos evolucionar en ti y tú alcanzar tu satisfacción desarrollando todos tus potenciales.
–No sé… no es tan sencillo… la vida terrenal es la que más duele y se sufre, están los miedos, las decepciones…
–¿Tú has visto alguna vez sufrir a un árbol?, ¿o a un ave quedarse en tierra pudiendo volar?, son ustedes, los humanos tan imperfectos pero maravillosos a la vez… ellos, el árbol y el ave tienen muy claro lo que su esencia les pide. No dudan, como lo hacen ustedes, en desarrollar todas sus potencias porque la naturaleza no les ha dado esa opción. Así, no cabe la posibilidad de que sufran por ello. Un árbol crece hasta que el propio desarrollo de otro elemento se lo impida. Es árbol en todo su ser y no se espera otra cosa de él y por eso es grandioso. Pero el árbol, no puede elegir entre realizarse como árbol o pez. Sin embargo, a ti, la naturaleza te ha dotado de la posibilidad de elegir, de inspeccionar en tu interior y ver qué eres realmente. Esto es algo que el árbol no puede hacer. Se te ha concedido la posibilidad de hacer uso de la razón. El problema es que si ignoras esta opción, y a tu alrededor sólo hay peces, querrás ser pez aunque dentro de ti se encuentre un árbol… entonces, vivirás con tus ramas inundadas toda la vida… y quizá nunca madures ningún fruto… sufrirás.
–Ya. ¿Sabes?, a veces, mi mente se aleja sin permiso como un niño que se zafa de la mano de su madre cuando está distraída para coger, tocar y probar todo lo que está a su alcance; en otras ocasiones, la suelto de mi mano conscientemente, la dejo marchar, que explore; y a veces, aunque la empuje, no se mueve. Se instala en una parcela de mi cabeza y practica y juega con el eco que retumba una y otra vez… incansable.
–Entiendo, ese niño del que hablas es tu yo explorador, escúchalo y no dejes que desaparezca, trae vida a tu cuerpo y se llama ilusión. Te orientará en lo que eres. Ese eco molesto, se llama frustración y es el resultado de no haber dejado entrar la ilusión en mucho tiempo. Cultiva ilusión y bondad, y aparecerá ante ti tu verdadero yo.
–Ya, pero… ¿y tú?, ¿de dónde sales?, parece que conoces todos los secretos de la vida… ¿quién eres?, ¿quién crees ser?.
–Soy tu reflejo, soy el agua. He nacido infinitas veces y he visto a la vida nacer en mí. He adquirido infinitas formas y nunca me he detenido. Soy más vieja que la vida pero regalo juventud. Soy inerte pero fluyo incansable, destruyo y construyo, circulo dentro de ti.
Me dejo llevar, dentro de lo que mi condición me consiente y mi ser, es.
Como agua.
Rosa Elena Brito

Naufragué sin resistirme en la isla desde la que escribo. No necesité barco ni velas para poder verme en este lugar. Llegué una mañana, tras seis días, creo, de travesía sobre mar anaranjado y cielo profundo, sin mapa y sin cordura. Los busqué incansable durante mucho tiempo, sin suerte, hasta darme cuenta de que lo que pretendía era inútil.
Me encontraba en la isla de los sueños, donde lo irracional tiene sentido. Me asusté. Esta isla no se encontraba en las cartas náuticas que solía estudiar. En cuanto me di cuenta quise salir de inmediato de ese decorado desesperante. Busqué puertas en todos los rincones de mi mente, tratando de aferrarme a recuerdos coherentes, a mares azules y soles brillantes. Cuanto más lo intentaba, peor era el resultado. Buscaba comida porque es lo que he visto hacer a los náufragos en las películas, en un intento de sentirme más real, más humana, pero no tenía hambre; en realidad, cada vez sentía menos cada parte de mi cuerpo. Tras no verme a mí misma, perdí luego la noción del tiempo y del espacio. El tiempo se deformaba y se expandía a lo ancho, mezclándose con el aire que creía respirar.
Luché contra todo ese proceso con rebeldía y desesperación hasta la frustración total, temía que aquel estado nunca fuera a desaparecer. Estaba tan obsesionada con ordenar mi mente y percibir un entorno coherente, que me costó advertir que había perdido el sentido del tacto por completo.
Sin entender nada, me rendí, hasta alcanzar un estado de pasividad absoluta. Podía flotar. En un momento de reflexión advertí que mi propia inquietud, quizá inexistente, quizá creada por mí misma formaba parte de un universo también inventado, en el cuál había hecho encajar como en un puzzle las leyes que creía que lo regían para adaptarlo a mi entendimiento. Qué cosas tan absurdas, pretender explicar y entender algo casi inaprensible y teóricamente ilimitado con una herramienta con tantos límites, la razón. ¿Un Universo inventado?
Descubrí que la búsqueda y necesidad de hacer cosas con cierto sentido y coherencia la había creado yo misma para hacer que funcionara el complejo engranaje vital que también había creado y en el que me sentía segura.
Fue entonces cuando empecé a aceptar mi nuevo estado y a asumir la metamorfosis que había sufrido. Empecé a dejarme llevar, a explorar posibilidades. No sabía si era aire, alguna forma extraña de vida o tal vez simplemente color. Descubrí luego que podía pintar el espacio a mi antojo y elegir lo que quería ser…
Vida o color. En aquel momento decidí ser color, como los que solían escurrir sobre mi paleta en una vida terrenal, cuando pintaba en aquella habitación estrecha. Aun los veo, les sucedió lo mismo que a mí en esta isla.
Materializados en pintura, se mezclan sin orden, sepultándose los unos a los otros, perturbados por el indefectible efecto de la gravedad que los empuja. No entienden la armonía del caos, la belleza de la sin razón; se aferran a su mundo sólido, al pincel, la paleta, soñando habitar algún día un lienzo muerto y ordenado.
Pero violentos, gotean, tapizan el suelo salpicando y mezclándose sin remedio. Temerosos de perder su identidad, se dejan llevar rendidos, se diluyen en el agua que les ayuda a fundirse, a fluir sobre el suelo.
Ya no arañan, no se resisten, trepan solos por las paredes de la habitación, se retuercen entre sí, se deslizan por el techo y encuentran la ventana.
Cuando aprendieron a volar, estaba abierta.
Quizá la mente no sea tan limitada.
Bienvenido a mi isla
Rosa Elena Brito
