JOSUÉ HERNÁNDEZ

“La_pesca”

Pasa las noches en vela mirando a los ojos de la foto de aquel pasaporte de superficie áspera y ondulada, sin saber muy bien por qué lo hace. En ocasiones quiere preguntarle algo, pero no sabe qué, así que se limita a sostenerle la mirada hasta que ya no puede más y se va quedando dormido, si hay suerte, mucho antes de que comience a clarear el cielo al otro lado de la ventana. Entonces su madre le despierta.
–Salvador.
Ese día, y el siguiente, hay que volver a hacerse a la mar. Y al siguiente también hay que desayunar fuerte de madrugada, volver a bajar hasta la playa, encogido, mientras los perros del pueblo le ladran al paso, y en la playa seguramente le estarán ya esperando Paco y Lorenzo. En silencio suben las redes, arrastran la falúa hasta la orilla y se embarcan. Y así día tras día, de generación en generación.
Salvador ve alejarse a golpe de remo las casas blancas del pueblo, el viejo fortín de piedra y la torre del campanario de la iglesia, las ve desaparecer al bordear la costa de ese rincón de la isla. En vano intenta recordar la última vez que se fijó, de modo que se le ocurre que podría tratarse de la primera.
Reman unas dos horas. A medio camino se hace de día. Durante un buen rato una ruidosa nube de gaviotas sobrevuela la embarcación. Fondean no demasiado lejos de una playa desierta y calan las redes antes de que el sol asome sobre los acantilados. A media mañana toman unas cervezas bien frías. Empieza a hacer calor.
–A ver si hoy hay suerte –murmura Lorenzo sin apartar la vista del mar.
–A ver, a ver –dice Paco.
Sopla una brisa mansa. La marea está en calma, tanto que se puede ver bien el fondo, oscuro con algún claro de arena entre las rocas. La falúa se balancea suavemente y se oye el chasquido del agua al lamer la madera del casco. Las boyas blancas que marcan la posición de las redes respingan sobre la superficie, y a Salvador le recuerdan a las cabezas de los turistas que recorren cada verano la playa del pueblo de un lado a otro, nadando a braza con esos relucientes gorros de silicona encasquetados.
–Y a ti qué, ¿ya no te gusta la cerveza, compadre? –le pregunta Lorenzo, levantando la cabeza hacia Salvador, sonriendo. El gesto subraya las profundas arrugas sobre su rostro curtido, bronceado. Se burla. De algún modo, la burla es síntoma de preocupación y eso es algo de lo que todos a bordo se dan cuenta enseguida. Una preocupación muy tenue, en todo caso, por sí mismo, y tal vez incluso algo parecido a los remordimientos.
–El otro día estuve hablando a la salida de la playa con el sargento –dice Lorenzo–. Quiso saber si había vuelto a pasar, y me dijo que había hablado con los otros, con Rafael y Víctor y los otros, y que cada vez pasa menos, que no nos preocupemos, que un día será como si no hubiera pasado nada.
Paco asiente con la cabeza mientras enciende un cigarrillo. Con el sol cayendo a plomo sobre ellos, se hace la hora de recoger la red. Salvador gobierna la embarcación con los remos, Paco y Lorenzo se ponen manos a la obra. Manos de dedos gruesos, duras pero ligeras, cubiertas de cicatrices, que van levando las redes y amontonándolas sobre la cubierta. Las mismas redes que ahora vuelven salpicadas de pescados de vivos colores: pescados rojos, plateados, verdosos y azulados que aletean en un último intento desesperado por zafarse. Un mosaico deslumbrante en el que abundan las viejas, pero también bastantes brecas, algún rascacio, un pulpo, dos o tres estrellas, muchos gueldes y fulas blancas y negras. Es una buena captura y lo saben, por más que no puedan aprovechar hasta el último pescado: siempre los hay mordidos por otros peces, o estropeados, o que sencillamente no se venden.
Poco antes de terminar la faena aparece enredado un pie humano, hinchado, en el que es posible reconocer aquí y allá pequeños bocados de pez. El tobillo asoma por entre los jirones de piel. Salvador considera para sí que podría pertenecer a alguno de los cuerpos, cada vez menos enteros, que llevan semanas recogiendo entre sus redes y devolviendo de inmediato al mar. Puede que incluso sea del muchacho paquistaní cuyo pasaporte encontró en la orilla de la playa hace unos días. En el fondo, podría ser el pie de cualquiera. Paco lo desenreda y lo arroja de nuevo al mar. Esta vez Lorenzo no dice, por ejemplo, que es mejor así, que hay que comer. Nadie dice nada. En silencio terminan el virado y vuelven a tierra, y desembarcan la pesca.